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lunes, 8 de marzo de 2010

Justicia, Ley y culpabilidad (IV y final): Crímenes y culpables


Creo que en los post anteriores he dejado más o menos claro que la justicia y las leyes humanas no son, ni mucho menos, la Justicia y Ley perfectas en las que -al menos supuestamente- están inspiradas. Nuestra legalidad, un elemento capital en la regulación de nuestra convivencia, está sujeto al cambio de los tiempos. Pero, si algo tienen en común, es la necesidad de cohesionar la sociedad. Para todos aquellos que buscan lugares comunes, ésta, y no otra, debería ser la razón por seguir luchando en su desarrollo.

Y es que, allí donde hay una comunidad de vida compartida -desde una familia hasta un país- hay un código en el que se tienen que basar las acciones humanas para no entrar en colisión. No existirá un condicionamiento exterior que nos diga que es justo o no -para los no creyentes- y no existirá tampoco una estructura conceptual con existencia propia que nos guíe el camino. El menos común de los sentidos, el común, junto con nuestra inteligencia, son nuestras únicas herramientas para abrirnos paso en el terrible y complejo universo de las relaciones humanas.

Porque el crimen y la culpabilidad existen, ya que existe un propósito claro: la convivencia. Y todo lo que escape de esta realidad, es un atentado hacia las raíces del ser social o humano. Las personas necesitas de otros para desarrollarse como tales y, por lo tanto, existe y existirá siempre la necesidad de unos códigos de conducta. También somos libres de romperlos, pero en ese caso estaremos violentando nuestra naturaleza y la de los que nos rodean.

Creo que la culpabilidad es un sentimiento que se forja en la vida en sociedad. Los recién nacidos, cuanto más pequeños, más endebles tienen sus principios morales. Por eso sólo reaccionan al castigo, y así obtienen su formación. No debo hacer esto o lo otro para evitar un castigo. Luego, aunque obre mal, y esto es importante, existe el sentimiento de culpabilidad. El ansia de descubrir, el deseo o la ignorancia nos lleva a tomar decisiones que, tras la experiencia de la vida en sociedad, sabemos nociva para la convivencia. Una sociedad madura, como el individuo, tendrá una sensibildiad a la culpabilidad y una capacidad de responder ante ella mejor.

"Ha sido Dios" Culpabilidad evidente manifiesta en la excusa. Vía Kelokilandia

Nuestras habilidades sociales se desarrollan viviendo en sociedad, y dependen de la sociedad en la que vivamos. Primero se requiere una sociedad para que exista unos estándares en los que fijar la reciprocidad de la justicia, en la que se desarrollen una necesidades legislativas y en la que haya unos principios comunes. Es la comunidad la que genera justicia, no al revés.

Por eso puede existir el crimen antes que la ley. Atenta al mero hecho de estar juntos. Existen comunidades donde la unión está fijada mediante imposición, en otros sitios por consenso. En algunos lugares por historia o tradición. Pero en todos existía, si bien no una voluntad de estar juntos, si una necesidad. Y en esa necesidad o voluntad se forjó lo que cada comunidad es. Ejercicios como la DUDH demuestra que la configuración se intenta unificar -creo que, por ahora, con un fracaso-.

Considero que la culpabilidad, individual y colectiva, es la que ha ido generando la justicia y la ley, al ir descubriendo posibles fisuras de la convivencia. La conciencia de que algo no favorece la unidad -y de que otras cosas si lo hacen- genería en los orígenes un cuerpo legislativo. Ahora, por desgracia, el proceso es mil veces más complejo. Muchas veces la justicia y las leyes son administradas para favorecer a unos pocos -otro tipo comunitario- que considera a todos los demás subordinados. Posiblemente porque el modelo está cambiando o se encuentra en crisis.

Una sociedad está manifiestamente enferma cuando los criminales, aquellos que atentan contra el bien social -ya sea en su forma individual o colectiva- no sufren un castigo. Sobre todo aquellos que quitan la vida, que es la raíz de todo lo demás. Cuando esos individuos manifiestamente culpables no son sólo dejados impunes, sino que además son jaleados y puestos como ejemplo. Y más enferma estará esa sociedad cuando, ante esos crímenes, no se sienta culpable.
Forges.

La culpabilidad no es un sentimiento insidioso, sino que es una forma de aprender. Percibir que algo no ha estado bien nos hace más precavidos y nos enseña a realizar las cosas mejor. Hay que tener cuidado, sin embargo, porque algunos códigos y normas apuntan determinados comportamientos como erróneos, haciéndonos sentir culpables. Por eso hay que desenmascarar aquellos tabús o convenciones que pretenden establcer intereses individuales por encima de los colectivos. El secreto, que diría Aristóteles, estaría en el término medio. Repito que, una sociedad madura, es capaz de distinguir mejor entre el bien común y el bien particular.

viernes, 26 de febrero de 2010

Justicia, Ley y culpabilidad (III): Derechos humanos

Eleanor Roosevelt con la Declaración Universal de los Derechos Humanos en castellano. Vía Wikipedia

¿Tiene una persona derecho a una vivienda? ¿A una vivienda digna? Tu vecino, que está en paro, ¿tiene derecho a trabajar? No estudió nada y con la crisis de la construcción le han echado de la obra donde trabajaba. Y tu sobrina, ¿tiene derecho a la intimidad? ¿Aunque todo el mundo sabe que se va con cualquiera? Tu hermano, que es funcionario, ¿tiene derecho al ocio y el descanso? El violador de niños que mató a tu abuela conduciendo ebrio, ¿tiene él derecho a la vida?

Sí, desde el mismo momento que son "personas humanas". Ese término, marcadamente redundante, define a todos los individuos que pueblan el planeta, "sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición". Estos derechos, a diferencia de la Ley Natural, no son dados por ninguna deidad. Son un constructo social, de larga trayectoria, cuya última definición e institucionalización es la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) de 1948.

Esta declaración fue votada por 48 de los 58 estados miembros con los que contaba entonces la ONU. Su universalidad quedó truncada desde el primer momento, al igual que su legitimidad normativa. Desde siempre se nos ha hablado en un lenguaje en el cual priman los derechos. No sólo a la vida, la libertad e igualdad, si no a tener prosperidad y felicidad. El hecho de que la declaración ponga a nuestra disposición sanidad, educación y trabajo, protección ante la exclusión y el derecho a un sistema que garantice estos principios pasa desapercibido.

Derechos para todo. Ilustración de Mauricio Cosío, que pide en su blog que la gente se acuerde de ese 12% de la población que utiliza la mano "equivocada".

Caminar erguido nos proporciona derecho a absolutamente todo, aludiendo a la presunta libertad que nos depara el documento desde hace más de 50 años. La ausencia de cobertuda legal y la realidad, por fortuna, acaba destrozando nuestros sueños de libertinaje, sumiéndonos en una terrible desazón en la que, lo único que tenemos, son los mínimos exigidos por la dichos declaración. Muchas veces no nos damos ni cuenta de que, muchas veces, ni eso. Y más bajo este régimen de "protección ante el terror".

Lo cierto es que el derecho, la posibilidad y legitimidad a reclamar algo como propio, sólo se da en aquellas comunidades donde se ha establecido de ese modo. Me explico: sólo en una comunidad donde esté establecido que todos pueden llevar pajarita, uno podrá reclamar la suya. El problema es que el derecho es "el conjunto de normas que regulan la convivencia social y permiten resolver los conflictos interpersonales", una definición de la wikipedia que nos viene bien, ya que no existe una definición canónica al respecto. Y es que los derechos humanos son exigibles dentro de una "convivencia social" entre humanos. Únicamente.

Por poner un ejemplo el imperio de Malí, que abarcó desde 1235 a 1670, tenía una constitución (Kouroukan Fouga o Carta de Mandén) que intentaba garantizar la prosperidad y la convivencia armoniosa dentro del imperio. Se trataba de un cuerpo normativo que apostaba por el derecho a la vida: "toda vida es una vida", el fin de la esclavitud: "Elimina la servidumbre y el hambre" y las libertades personales: "cada quien es libre de decir, de hacer y de ver". Incluso habla de la defensa del inmigrante: "no maltrates a extranjeros".

En el siglo XIII, al menos en aparencia, vivir en el imperio de Malí estaba bastante bien. Y aunque la vocación de su creador, Sundiata Keïta, (en la foto de la izquierda) fuera universal, la realidad en el resto del mundo era muy diferente. Por ejemplo, en Japón no existió el término "derecho" hasta que su cultura chocó con la occidental. Para ellos el concepto equivalente era "deber". Una visión mucho más activa de lo mismo. Mientras en occidente clamamos desde nuestros asientos por nuestros derechos, los japoneses cumplían con su deber, costase lo que costase.

Lo que ha dado consistencia a nuestros derechos ha sido, sin lugar a dudas, el positivismo de la revolución burguesa. Así, la actual declaración de los derechos humanos se inspira en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano francesa de 1789, inspirada a su vez en la Declaración de Derechos de Virginia de 1776, que inspiro aquel mismo año la declaración de independencia de los Estados Unidos.

Esa cadena de inspiración, sin embargo, no se detiene ahí. El poder normativo de la actual DUDH sólo encuentra sustento de autoridad en su adhesión a las cartas magnas de los diferentes Estados, que incluyen otros "derechos" adicionales, como el de "cuida de la patria" que tenían en el imperio de Malí. Por lo tanto, cuando se viaja al extranjero, hay que tener mucho cuidado con ofenderse y reclamar los derechos, porque ni son universales ni tienen vigencia universal.

No creo que haya que desestimarlos, ya que son una herramienta de entendimiento transnacional que garantiza unos mínimos, un estándar asumible -al menos en teoría- por todo el mundo. Sin embargo el documento, sin la acción gubernamental, se queda en un papel sin poder. Su legitimidad no deja de estar sujeta a la decisión de mutua convivencia, lo cual es una utopía casi realizable. El pragmatismo, el sentido común y la solidaridad deben regir este artificio que, sin la cohesión y voluntad social, no sirve para nada.

Por lo tanto, ¿hay culpabilidad en un mundo en el que las únicas reglas inmutables son las naturales? ¿Dónde queda el bien y el mal en términos absolutos? ¿Quién es culpable, cuál es su castigo y quién tiene la autoridad para llevarlo a cabo? Creo que ese será el final de este periplo.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Justicia, Ley y culpabilidad (I): Equidad



Antes que nada, dejar claro que mi relación con las leyes ha sido siempre circunstancial, que no soy hombre de derecho, sino sujeto de sus vaivenes. Es ésta una humilde reflexión sobre la Justicia, la Ley y la culpabilidad. Disculpen la imprecisión y la ignorancia, y valoren la buena fe.

La idea más común que tenemos sobre la Justicia tiene que ver con la afirmación "a cada uno lo suyo". Al igual que en el mundo físico, en el que a cada acción le sigue una reacción, nuestras acciones tienen consecuencias en el medio en el que nos desenvolvemos. Sin embargo, mientras que los animales siguen su instinto, nosotros racionalizamos esas consecuencias. Esa racionalización lleva a la abstracción, aplicándolo a muchas otras cosas que la mera causalidad física. Pero sin duda, si algo es fundamental para el entendimiento de la justicia, es la propiedad privada.

Mientras que el instinto de supervivencia preserva nuestra única y más preciada posesión, nuestra vida, existen otras cosas que nos pertenecen de forma diferente. Desde el terreno de un asentamiento hasta las herramientas. El nacimiento de la propiedad privada se preservó gracias a la fuerza bruta, pero la vida en sociedad obligó a establecer una forma de regulación. La comunidad establecía unas pautas y convenciones, que una vez interiorizadas, asegurarían la convivencia. Así el más bruto y fuerte no podía hacerse con lo que quisiera, porque ya no se enfrentaba contra individuos, se enfrentaba con la sociedad.

El problema era el de conpensación. Si te quitan una cabra, no sólo has sido privado del animal, sino que ha sido violentada tu seguridad y tu legitimidad propiedad. ¿Es suficiente con una cabra a cambio? Para Aristóteles la clave de la Justicia estaba en la Equidad. Los justo es algo proporcional, el establecimiento de un equilibrio. No en vano el símbolo de la justicia es una balanza.

Lo justo distributivo se refiere a las cosas comunes, y es siempre conforme a la proporción. Si se hace la distribución de las riquezas comunes, se hará según la razón que guarden entre si las aportaciones particulares. Lo injusto, por su parte, siendo lo opuesto a lo justo, consiste en estar fuera de dicha proporción. Mas lo justo en las transacciones privadas, por mas que consista en cierta igualdad, así como lo injusto en cierta desigualdad, no es según aquella proporción, sino según la proporción aritmética.
Sin embargo es difícil establecer esa proporción promulgada por Aristóteles hace 2.400 años. En Babilona, allá por el 1792 antes de cristo (a.c.), ya tenían cierta noción. El Código de Hammurabi, uno de los documentos más antiguos de tipo legal que se conserva, apunta hacia la igualdad. Por ejemplo, si un arquitecto fabrica una casa endeble y al caerse mata al dueño y a su hijo, habrá que dar muerte tanto al arquitecto como a su hijo. La versión más antigua del "ojo por ojo, diente por diente", recogida en la Ley de Talión de la ley mosaica.

Mas si hubiera muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.
Exodo 21: 23-25
El miedo a los posibles excesos que podrían derivar de este sistema vengativo llevó a que el Talmud matizara esa ley mediante compensaciones económicas. Sin embargo la Ley de Talión es una constante hoy en día. Desde la pena de muerte, mecanismo de legitima defensa de la sociedad -según algunos-, hasta el sistema de venganzas que ha ido escribiendo la historia, siempre ha estado presente.

¿Es legítimo? La pederastia y el abuso a menores, el asesinato, la crueldad y el genocidio, debería ser castigados con una severidad para la que harían falta varias vidas para los culpables. También está el problema de la legitimidad. ¿Quién establece las proporciones? A no ser que existiera un codigo legal universal, evidente e inmutable, sólo un ser omnipotente podría ser capaz de crear dicho elemento. En ambos casos, una Ley Natural.

*Nota al pie

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