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domingo, 19 de junio de 2011

¿El huevo o la gallina?: Parménides y Heráclito

 
En sus primeros años los filósofos se dedicaron, de forma más o menos práctica, a sentar las bases de las primeras ciencias tal y como las conocemos. Los filósofos se dedicaban a la biología, a la física, a la matemática, a la música y a otras disciplinas, buscando patrones que les permitiera construir una ciencia. Y todo eso era filosofía, amor por la sabiduría. Querían encontrar el mecanismo que hacía funcionar la naturaleza y, con él, el de la realidad en su sentido más amplio. En ese contexto, en el siglo VI a.c., dos filósofos coetáneos marcaron el camino que tendría que seguir la Ciencia Primera -Aristóteles dixit- y, curiosamente, el camino tenía dos direcciones opuestas.

Parménides de Elea y Heráclito de Éfeso compartieron la misma época y cultura, pero no misma situación geográfica. Uno en la península itálica y el otro en Asia Menor se decidieron a desentrañar la razón última de la realidad. Durante años los filósofos estuvieron proponiendo diferentes principios para todo lo existente, a los que denominaban arjé. El agua para Tales de Mileto, el aire para Anaxímenes y los cuatro elementos (agua, aire, fuego y tierra) para Empédocles. No es que consideraran que la realidad estuviese formada por átomos de agua o aire, sino que en las característicos de estos se encontraba el nexo de unión de toda la realidad.

Heráclito apostó por el fuego. ¿La razón? Para él representaba las cualidades principales de la existencia: permanente cambio, destrucción y creación en un continuo devenir. Todo cambia constantemente, se genera y se destruye. Mires donde mires el proceso se reproduce. No sólo en los organismos vivos o naturales, también todo aquello que puedas imaginar, artificial o inmaterial. El Cambio, representado por el fuego, era el arjé rector de la existencia. Eso significaba que para Heráclito "ser" significaba "cambiar". Nada hay inmutable.

Sin embargo en ese cambio continuo existen reglas. No se trata de una normativa, sino de una condición de posibilidad. Para que exsta el cambio, que de hecho existe, hace falta unos condiciones que vienen dadas por la dialéctica. La dialéctica establece que para que algo cambie, tiene que contener en sí mismo la negación. O más sencillo, para que una semilla de una manzana pueda transformarse en un manzano, no puede ser el manzano. Un manzano no puede cambiar para ser un manzano si, de hecho, ya es un manzano. El hecho de que existieran condiciones para posibilitar el cambio le dijo a Heráclito que existía un principio dentro del cambio, o un principio dentro del principio. Una ley que calificó de logos -razón en griego- por la cual todo el cambio se generaba en armonía. Por lo tanto la armonía del cambio, regida por el logos, era el proceso de creación y destrucción del universo que dotaba al mismo de sentido.

"En el mismo río entramos y no entramos porque somos y no somos" estableció Herácito. Al igual que un río, en cada instante tiene diferente partículas de agua en el tramo que observamos, sin dejar de ser un río, nosotros somos y no somos la misma persona, ya que vivir es cambiar. Sin embargo el cambio es determinado por el logos o razón, aunque lamentablemente no sea muchos los que sean capaces de descubrirla para obtener conocimiento cierto. Es difícil conocer algo que en apariencia -y en esencia- es contigente y sujeto a cambio perpetuo. ¿Cómo hacer matemáticas si 2+2 no arroja siempre el mismo resultado?

Lo mismo debía pensar Parménides a miles de kilómetros de Éfeso, en Elea. Estaba decidido a a encontrar el secreto que escondía la expresión "que es", es decir, averiguar que era lo que hacía que algo "fuese". Y tuvo uuna intuición del todo contraria a Heráclito: si bien es verdad que todo cambia, hay algo que permanece que permite a las cosas ser lo que son. Un niño cuando crece se convierte en un hombre, y eso no evita que nos refiramos a la misma persona. Nosotros en la actualidad tenemos conciencia de que somos la misma persona que la de las fotos de cuando éramos niños cuando sabemos que no compartimos ninguna célula con ella.

Lo que somos es lo que permanece. Igualmente, el manzano con frutos o sin hojas, sigue siendo un manzano pese al cambio. Para Parménides ahí radica el hecho de que algo sea, eso que permanece frente al cambio. Por lo tanto se opuso aparentemente a Heráclito, ya que el cambio era despreciable, lo interesante era lo que permanecía. Así, si buscaba un principio que compartieran todas las cosas existentes, debía buscar aquello que permaneciese en todas ellas sin excepción. Y precisamente, lo que permanecía, era el Ser, arjé de todas las cosas.

“Es necesario decir y pensar que el ser es y que el no ser no es”. Esta sentencia del filósofo, pese a su obviedad, es la conclusión más interesante e influyente de la filosofía. Más incluso -y precursora- del "pienso luego existo" cartesiano. Para Parménides las cosas son porque son, y por tanto no pueden ser. Si todo el universo existente es de forma inmutable, no puede haber nada fuera de él. No puede exister algo que no es. Si imaginamo el universo como una esfera flotando en el vacío, el ser estaría dentro y el no ser estaría fuera. Y fuera exclusivamente estaría el vacío porque, de aparecer algo por allí, pasaría automáticametne a formar parte de la esfera. Por lo tanto dentro del Ser no existe el cambio, es inmutable, indestructible -no puede dejar de ser- e infinito. Tampoco "existe" el cambio, ya que no hay dialéctica para Parménides -las cosas son lo que son, pero no pueden "no ser" otra cosa para posibilitar el cambio-.

Mientras que el mundo de Heráclito era dinámico y continuo, el de Parménides era estático e inmutable. ¿Vosotros cuál preferís? La historia de la filosofía prefirió la versión de Parménides, que permitía un estudio más detenido y reflexivo de las cosas. De hecho, su influencia pasó a Sócrates y, de ahí, a Platón. El Mundo de las Ideas platónico es el mundo de lo verdaderamente real -ontos on en griego- y, por tanto, el ámbito del Ser. Lo sensible, lo corruptible y contigente pasó a ser para la filosofía un lugar en el que no se podía confiar. Para Platón el cuerpo -sensible y sujeto a cambio- era la cárcel del alma -que el filósofo identifica con lo que realmente somos-. Ese desprecio a lo contigente durará más de 2.000 años. Hoy en día las cosas que más se valoran son, de hecho, las que permanecen.

Desde Parménides, vía Platón, la filosofía en su versión más pura -la metafísica- ha intentado encontrar y describir el Ser de Parménides. Con sus aciertos y olvidos. En la filosofía relativamente contemporánea, Martin Heidegger afirmó que Parménides había sido el primero y el último en hacerse la pregunta por el Ser, errando todos los que fueron después. Fiedrich Nietzsche, por otro lado, dijo que el mundo había olvidado a Heráclito y había echado el resto por Parménides, constriñendo la vida. Para él la vida era cambio, destrucción y creación. La principal diferencia con Heráclito es que para Nietzsche todo es devenir sin sentido -nihilismo-, mientras que para el de Éfeso existía un logos que guiaba el cambio.

¿Qué va antes, el huevo o la gallina? ¿Qué es lo que realmente existe? ¿El cambio o lo que hay antes y después del cambio? Normalmente se considera a Platón y Aristóteles como los padres de la filosofía. El primero marcando el camino para los racionalistas e idealistas, el segundo para empiristas y materialistas. Sin embargo fueron Heráclito y Parménides los que sentaron las bases con mayor o menor exito. Nuestra forma de pensar la realidad fue definida hace 2600 años, mientras todo lo demás cambia a una velocidad de vértigo. Parménides en la forma de pensar, Heráclito en la de actuar, la influencia de la filosofía abarca mucho más de lo que pensamos y sus raíces son profundas.

domingo, 20 de febrero de 2011

Los primeros pasos del hombre...

El nacimiento de la filosofía no fue algo fabuloso. Como todo a lo largo de la historia, fue un proceso que maduró hasta caerse por su propio peso. El hombre, en esencia, es una pregunta lanzada al universo. Una incertidumbre. Por eso tiende de forma natural a conocer. Pero una cosa es una incógnita y otra muy distinta su respuesta.

Antes del comienzo de la filosofía el hombre ya intuía que el mundo era mucho más complejo que lo que sus instintos le advertían. Ahora estamos acostumbrados a domesticar los elementos, a adaptar la naturaleza a nuestros deseos. Pero hace miles de años el ser humano era simplemente un espectador de un mundo en constante cambio. Y tuvo que buscarle un sentido.

La primera forma que tuvo el hombre de afrontar este tipo de preguntas fue recurriendo a la imaginación. Y cuando hablo de imaginación no me refiero a su capacidad de inventiva, sino a la capacidad humana de representar en el pequeño teatro de nuestras mentes la realidad que nos rodea. Sólo así podemos establecer comparaciones entre objetos que, en la realidad, no son ni parecidos.

El problema de la comparación es que siempre se necesitan referencias y para los primeros seres humanos todo giraba en torno a ellos. Por eso su explicación de los fenómenos naturales pasó a tener un cariz de premio o castigo. Un volcán era un castigo, un día soleado un premio. La superstición y la espiritualidad nacieron de ese caldo de cultivo. Los dioses comenzaron siendo elementos naturales –una montaña, un oso, un árbol- que decidían sobre el destino de los hombres (su sombra, su fuerza, sus frutos). Y es curioso que una de las primeras deidades antropomorfas fuera una mujer: símbolo de la vida.

Sin embargo las comparaciones se fueron complicando y el hombre fue conociendo más del mundo. Los árboles, los osos y las montañas no eran más que otros “actores” dentro del gran teatro del mundo, por lo que se tuvo que buscar otra explicación. Así el hombre comenzó a proyectar su imagen en entes sobrenaturales de poderes ilimitados y atribuciones humanas. Los primeros dioses comenzaron a convivir con los hombres, dando respuestas allí donde el hombre no veía más que interrogantes.
Así nació el mito. Hubo un lugar fuera del tiempo en el que los dioses llevaron llevaban a cabo sus trabajos, dejando pistas de su presencia en la tierra. El sol era una deidad condenada a la muerte y resurrección por el despiadado asesinato de su hermano. Los volcanes eran las fraguas de herreros fabulosos esperando la vuelta al trabajo y el fuego o la escritura eran sus regalos.
El volcán Mayón, en Filipinas. vía rnw.nl
Conforme el conocimiento del hombre seguía creciendo, cada vez era capaz de crear mitos más complejos. Había quedado establecida una forma de pensar universalmente válida. La lluvia no podía ser otra cosa que las lágrimas de los dioses y las olas del mar su furia dormida. Normalmente todo quedaba establecido en un pasado mítico, que servía de génesis. La propia existencia del ser humano comenzaba con la existencia de estos dioses, creados a su imagen y semejanza.

El pensamiento mítico era algo perfectamente razonable. Es un hecho demostrable que allí donde ha habido personas ha habido también dioses y héroes. Y éstos eran más complejos cuanto más compleja era su cultura. La creación de ritos y tradiciones sirvieron para comulgar y traerlos desde el hecho mítico a lo cotidiano.

Posiblemente la mitología más reconocida en todo el mundo sea la griega. No en vano los nombres de Zeus y Hércules son más conocidos que los de Odín y Thor. Todo el mundo tiene la imagen del barbudo e iracundo dios griego con un rayo en su mano o a Hércules en alguno de sus famosos trabajos. Menos son los que reconocerían a Odín con su parche y su cuervo espía, o a Thor y su martillo de trueno.

La mitología egipcia, la nórdica o la americana son muy ricas y, no obstante, no lograron la influencia que lograron los dioses griegos. Tiene mucho que ver el hecho de que la cultura occidental haya dominado el mundo, pero esto no es casual. O sí, todo depende. Lo cierto es que la mitología más famosa del mundo lo es, precisamente, por ser la primera en ser superada.

El nacimiento de lo que llamamos filosofía se trató precisamente de una forma nueva de pensar. Tras siglos, por no decir milenios, aplicando el mismo esquema mítico para explicar el mundo, en la zona más oriental de Grecia, en Asia, la humanidad cambió de enfoque. No fue algo fabuloso, sencillamente fue un paso lógico. Precisamente lógico.
Demostración del Teorema de Pitágoras. vía iesbarriodebilbao.es

El paso del mito al logos es uno de los tópicos en la explicación de la filosofía. Ahora vemos los mitos como unos cuentos antiguos, pero eran mucho más. Una forma de ver el mundo, su forma de interpretarlo. De dar una razón a lo que no podían comprender. Y es la razón, o logos, lo que va a protagonizar el siguiente paso en busca de la respuesta a la incógnita que nos constituye.

El paso del mito al logos se produjo de forma casual y, aunque ahora parezca mentira, tuvo mucho que ver la ciencia. Los primeros filósofos –o amantes de la sabiduría- no se hicieron grandes y transcendentales preguntas. Al revés, afrontaron los mismos problemas a los que se había enfrentado el resto de los hombres. Su primera pregunta se centró en la Naturaleza.

Es un hecho que el nacimiento de la filosofía fue posible gracias a la posibilidad de un puñado de griegos de estar ociosos la mayor parte del tiempo. La esclavitud permitió a algunas personas un tiempo libre que para nosotros ahora no sólo es normal, es un derecho. La mayoría de la gente debía doblar el espinazo para seguir adelante y la única explicación sobre el mundo la encontraban en Homero y Hesíodo. Que para eso habían recopilado todos los mitos en una especie de compendio sobre el mundo.

Pero para los primeros filósofos Homero y Hesíodo no iban al fondo de las cosas. Por supuesto que había dioses y claro que posiblemente habían hecho todo eso que cantaban los poetas. Pero faltaban cosas, había huecos en blanco. Por eso se decidieron a desentrañar los misterios de la Naturaleza con la única herramienta que les quedaba, la razón. Parece mentira que este conflicto comenzara hace ya tantos años, pero donde los dioses no llegaban el hombre impuso la razón.

Todo el mundo conoce a Pitágoras. Fue uno de los primeros filósofos, aunque todo el mundo le recuerde de sus libros escolares de matemáticas. Tenía muchas e interesantes teorías acerca de la realidad y la Naturaleza, pero se le conoce sobre todo por su teorema: el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo es igual a la suma de sus catetos al cuadrado. La importancia de este teorema es muy singular y es equiparable al “pienso, luego existo” de Descartes –otro ilustre matemático-.
Para Empédocles el mundo está compuesto por 4 elementos

Aunque hay teorías más bizarras, el teorema de Pitágoras demuestra que el mito estaba dejando cosas por el camino. Que la simplicidad de la respuesta mítica o supersticiosa servía para salir del paso, pero que en la Naturaleza y en la vida existían muchas cosas a las que el hombre podía acceder sin ayuda sobrenatural. Constantes que igual habían dejado ahí los dioses, pero que eran accesibles por otro camino que no era la imaginación. Un conocimiento cierto sobre la realidad y el mundo a la que accedía el hombre por sí sólo.

Es posible que al principio los primeros filósofos fueran vistos como unos dementes que se dedicaban a diseccionar animales, cavar agujeros y mirar durante horas el cielo estrellado. Por fortuna la Grecia de entonces era un crisol de culturas por su intensa actividad comercial y era tolerante con casi todo. Porque la moda del “logos” o de la razón se extendió y se estableció, dando lugar a la ciencias naturales, sociales y humanas. Al avance y progreso que ha llevado a estar por delante a sus herederos durante siglos.

Una moda que llevó al hombre a conquistar el escenario del mayor espectáculo: la vida en la tierra.

jueves, 9 de diciembre de 2010

El ave de Minerva alza el vuelo


«Sólo al anochecer emprende su vuelo la lechuza de Minerva» Georg Wilhelm Friedrich Hegel

El pie de página de la imagen es una sentencia del prólogo a la Filosofía del Derecho del pensador alemán Jorge Guillermo Federico Hegel. El ave de Minerva -o Atenea-, la lechuza, es la personificación de la filosofía por excelencia. Recuerdo mis primeras clases en la facultad, y también posteriores, en las que nos repetían estas palabras y sus significados más o menos ocultos. Aunque bien pensado, siempre es al anochecer cuando emprenden su vuelo todas las demás lechuzas.

Hoy empiezo aquello que prometí en su día y que pensaba que nunca comenzaría. Por desgracia, a pesar de toda evasión, la realidad siempre se impone. Y la realidad es que una de mis escasas salidas profesionales es la filosofía. Por eso y, como hablar de filosofía ya es en sí mismo hacer filosofía, inicio este proyecto que tratará de exponer a diferentes autores reseñándolos a lo largo de la historia. Podría decir que es para acercar a la gente la figura de grandes pensadores de forma accesible, pero lo cierto es que es para reciclarme y reaprender todo lo que ya se me ha olvidado. Todo egoísmo.

El principal problema de la filosofía son los filósofos, y de estos últimos, los que se empeñan en ver en ella un puro ejercicio intelectual. Grandes pensadores se han dedicado al "culturismo" de las ideas en sus despachos llegando a interesantísimas conclusiones que nunca abarcarán mucho más allá de las cuatro paredes de su despacho. Y la realidad es muy distinta. La filosofía nos rodea indómita y salvaje por todas partes. Desde los refranes populares a las expresiones más bestias de la cultura popular -"tanto gilipollas y tan pocas balas..."-.

La filosofía es una cienca, un saber práctico, al igual que las matemáticas. La igual que hace falta un conocimiento matemático para la informática, la física o la química, la filosofía nos ayuda a ordenar los pensamientos para enfrentarnos al día a día. La filosofía, sin embargo, no es exacta ni universal. Por eso los pensadores fracasaron al intentar establecer sistemas absolutos y principios generales. Hacer filosofía es cuestionarse, asombrarse e intentar ir más allá de las simples apariencias. En nuestro día a día, aunque cada vez más acorralada, pervive la filosofía más pura y útil. Sí, todos somos "científicos" de la vida. Si no, ¿de qué tanta experimentación?

Lo realmente increíble y bello de la búsqueda de la sabiduría es que nunca termina. Y que está en todas partes. En la letra de una canción, en un descubrimiento científico o en la detenida observación de una pared. La filosofía no es exclusivamente cuestionarse sobre el Absoluto, determinar la esencia de lo realmente real o buscar leyes inmutables en el obrar caótico de los hombres. También es disfrutar de un día de playa o ir a trabajar todos los días.

Los libros de filosofía están llenos de conceptos y términos opacos, de cuestiones complejas -y a veces aparentemente inútiles- y de aseveraciones taxativas. No lo voy a negar. La filosofía es un ser vivo que se nutre de palabras. Si la persona más inteligente y brillante del mundo sólo conociera dos palabras -no digo que no hable-, jamás sabríamos de su inteligencia . Nosotros pensamos con palabras y de ellas depende la riqueza de nuestras conclusiones. Necesariamente la filosofía ha utilizado -e inventado- el lenguaje en vistas de llegar cada vez más lejos.

No hay que agobiarse. No hay que pensar en Platón, Kant o Habermas como si fueran nuestros profesores de filosofía. La necesidad de evaluar de forma objetiva en los centros escolares los conocimientos la constriñe hasta límites insospechados. La búsqueda de la sabiduría no es sabiduría, es búsqueda. Debéis pensar en los grandes pensadores como compañeros de camino que nos aconsejan o nos abren nuevas posibilidades en nuestro discurso interno, en los dimes y diretes de nosotros con nosotros mismos. Es una gran colección de gafas con las que enfocar diversos problemas que se plantean, pero siempre con nuestros ojos. Creo que esta visión se perdió hace tiempo.

Pretendo demostrar todo lo expuesto. Una visión sencilla y pragmática de los autores filosóficos más importantes -y espero no tan importantes-. Un paseo con bata y pantuflas por un mundo arcaico y fascinante. Además creo, como la cita de Hegel, que en esta noche de los valores, de la crisis y la decadencia, es hora de ver qué nos siguen diciendo esos colegas que se dedicaron a pensar en nuestros problemas mucho antes que nosotros y de las más diversas formas. ¿Cuándo si no debería volar una lechuza?

Por supuesto esta tribuna está abierta a todo aquel que quiera debatir, rebatir, ampliar, opinar o aportar a lo que aquí se diga. No pretendo sentar cátedra, sólo abrir un mundo inabarcable. Pasito a pasito se va haciendo el camino -o vuelo-

*Nota al pie

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