Esta mañana he ido a votar. No era muy pronto, pero a decir verdad pensaba encontrar menos gente.
Por la rampa de acceso al colegio electoral, gente más joven, más vieja, solos, con niños o en pareja iba a votar. A la salida, al bajar por esa misma rampa, subía una columna de ancianos (eran un auténtico ejército), caminando o algunos en sillas de ruedas, supongo que provenientes de alguna cercana residencia geriátrica.
Delante mía, una señora con el pelo cano pone la mano suavemente sobre el brazo de otra señora también mayor. "¡Hasta luego!", le dice. "Hay que cumplir", le contesta la segunda. Y con una sonrisa por saludo, la una baja y la otra sube, empujando una silla de ruedas por la suave pendiente.
Hay que cumplir. Ésa es la clave. ¿Hay que hacerlo? Bueno, podemos pensar en qué es la democracia. Bañada por el mediterráneo griego, y más longeva que casi todos los olivos milenarios, su aplicación sin embargo ha sido tibia durante casi toda su existencia. Y ahora parece que sí, que se le atribuye rango de fiesta, se le reconoce. Se celebra.
Pero esto no ha caído del cielo. Para que algunos podamos cumplir, incluso para que haya quienes estén en su derecho de no cumplir, otros han dejado la piel, la sangre, las entrañas y la vida en ello. Esto no ha sido gratis. Si la tiranía del laurel romano la diluyó en la Historia, rostros curtidos, maños callosas y algún político o noble más o menos ilustrado la devolvieron al primer plano, mas no sin esfuerzo. Y, salvo los últimos, mucho me temo que fue a base de pistoletazos, navajazos, bombas o golpes. Y después, patíbulos ensangrentados.
¿Le damos lo que merece a la Democracia? ¿Correspondemos ahora a los esfuerzos de aquellos que tanto padecieron, y que nos dejaron un mundo más fácil? Claramente, no. La abstención es desinterés; y el desinterés suele aparejar falta de compromiso. E insisto: esto no es gratis.
Pero no somos sólo nosotros. Es el modo en el que esto está planteado. Que cada dos o tres años nos vayamos a dar un garbeo al colegio electoral dista años luz de aquellos foros en los que se reunían griegos y romanos a discutir. Hasta no hace mucho, es verdad que no se podía; el sobredimensionado Estado moderno es más difícil de manejar que la polis griega; y no es igual votar a mano alzada entre cien, que a lo largo y ancho de la nación de cuarenta y cinco millones de almas.
Pero, cada vez más, la tecnología provee de medios. La instantaneidad de la vida cotidiana, en especial de la información, puede y debe hacer que se recupere el origen, la raíz de este sistema que, si bien no es perfecto, es el menos malo de cuantos se han planteado. La polis tecnológica no es algo imposible; si esa misma tecnología ya ha planteado el mundo como un bazar inmenso, ¿porqué no con el voto? Esto favorecería el interés, disminuiría la abstención y la apatía.
Porque no es cumplir. Y es tan fiesta como la llegada a aquellos rincones rurales, no hace tantos años, del agua corriente. Se celebró cuando vino, pero ahora toca vivirlo cotidianamente, exigirlo y mejorarlo cada día.
Y somos nosotros los fontaneros de este privilegio y derecho a un tiempo.
Por ti, por los tuyos; y por los que lo hicieron posible. A quien quieras. Pero vota.
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domingo, 20 de noviembre de 2011
La ¿fiesta? de la democracia
Etiquetas:
actualidad,
democracia,
reflexiones
jueves, 24 de septiembre de 2009
Impuestos y responsabilidad social
Cuando pagamos impuestos estamos pagando por unos servicios. No sólo para nosotros, también para todos los que nos rodean. El impuesto ha sido demonizado al igual que el colegio. Los niños no quieren ir al colegio, porque los mayores decimos "¡ya veras!". Y los padres no quieren pagar impuestos, porque le dicen que no siempre utiliza los servicios por los que paga. Pero el colegio, al igual que la formación académica, es determinante para la persona que queremos ser en el futuro. Los impuestos es igual, ya que determina la sociedad que queremos en el futuro.El capitalismo hunde sus raices en el protestantismo. Sólo los mejores podían redimirse ante Dios, por lo que el trabajo era el único instrumento válido para alcanzar el cielo. La prosperidad y el éxito económico eran reflejo de la pureza. El capitalismo bebió de ahí, para establecer un sistema en el que cuanto más prosperabas, más derechos tenías. Si tienes mucho dinero puedes permitirte un colegio privado para tus hijos, un seguro médico privado, una urbanización privada con seguridad privada. Y lo merecerás todo, ya que el que no se lo pueda permitir no habrá luchado lo suficiente. O habrá tenido mala suerte.
Sin embargo, si apostamos por un sistema impositivo inteligente, tendremos una sociedad en la que las diferencias sociales no sean tan abismales. Una sociedad mejor favorece incluso a los ricos. Un rico que pague más impuestos y beneficie a sus vecinos, no tendrá que temer que la situación de estos afecte a la suya. Si los hijos de éstos reciben una buena educación, es probable que no se entretengan en importunar su acomodada existencia. Si tienen una sanidad satisfactoria, probablemente no tendrá que tener miedo de la extensión de gripes. Si financia el transporte público, aunque él vaya en su coche, no tendrá que tener miedo a que un coche que no esté en condiciones o un autobús sobrecargado se accidente con él. Y, además, nunca se sabe si las tornas pueden cambiar.
La educación, la sanidad, el transporte, las carreteras... no son gratuitos. No pagamos impuestos y luego, de gratis, nos ponen todo eso. Lo pagamos todos. No se trata de ser vagos, como quien va a mesa puesta. Los que critican la sociedad del bienestar se ceban en que al final, lo que creamos, son parásitos sociales. Pero si somos conscientes de que cada euro que pagamos revierte en nuestra sociedad, que podemos exigir que nuestro dinero se utilice de manera eficiente, las cosas cambiarían. Tendríamos menos dinero, pero no por ello menor poder adquisitivo, porque no tendríamos que preocuparnos de muchas cosas.
El problema es que quien gestiona los impuestos es un inútil, y lo aceptamos. El problema es que nunca pensamos en los problemas cuando se presentan, y pensamos que nunca necesitaremos costearnos un carísimo tratamiento para el cáncer. Nunca nos dejará tirado el coche y tendremos que recurrir a los transportes públicos y a carreteras estatales. Y definitivamente, olvidaremos nuestra responsabilidad social.
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