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lunes, 8 de abril de 2013

Exilio

RTVE

Una vez me contaron un chiste que me hizo pensar durante mucho tiempo. Luego lo vería contado en la excelente película 9 reinas, y ahí otra vez me hizo pensar. Hoy estaba viendo las noticias (lo sé, culpa mía) y dentro de mí se ha encendido una gran llama de indignación. Tal vez porque, impasible, mientras las veía, se me ha escapado una lágrima. No una visible, sino una de las que abrasan por dentro y que se sienten peor cuando te crees insensible. 

Pero primero el chiste. Cuentan que un alumno, a raíz de un rumor que corría por la unversidad, decide preguntar a su profesor sobre la condición sexual de éste. El profesor, un hombre ya mayor, pregunta a su alumno: "¿Tú te dejarías dar por culo por 10 euros?". El chico contesta escandalizado "por supuesto que no, pero hombre, yo no soy marica". Y el profesor continua "¿y por 100?", a lo que el alumno vuelve a negar, "que no profesor, que yo le respeto, oiga, pero que no soy maricón". "¿Y por 10000 euros?" "No, eso es mucho dinero, pero yo no vendo mi cuerpo por guarradas, que no hombre, que a mí me gustan las tías". "¿Y por un millón de euros?". El joven ahí ya no resiste más. "Bueeeeno, hombre, por ese dinero, cualquiera, ¿pero quíen va a dar un millón de euros para darme por el culo?". El profesor, quitándose las gafas con fatiga le mira a los ojos y le dice a su alumno "ve, lo que no falta son maricones, lo que falta es el dinero".

¿Por qué me he acordado de este chiste precisamente hoy? Porque es así cómo funciona el mundo. Dan ganas de arrojar la toalla y esperar una oferta monetaria adecuada por la que vender el alma. Ver el telediario es un especie de escrache psicológico al que nos prestamos los que queremos morir sin la anestesia de la ignorancia o la mentira. Impotente, inútil, pero cada vez más doloroso. Y quién sabe si necesario. A veces ese baño de realidad hiriente e insolente nos hace agarrarnos a este mundo, a esta tierra.

Hablan mucho del exilio forzoso de los jóvenes. Es curioso cómo la gente que ha gestionado la cosa pública sólo nos propone abandonar nuestra tierra como solución, porque aquí hemos acabado con todo. Y es muy fácil de entender. Son muy patriotas cuando se trata de vivir con todos los privilegios, pero cuando se trata de ser español con sus compromisos y deberes, se llevan el dinero a Suiza, como hace todo el mundo. Todo por nuestra culpa.

¿Cómo podemos ver natural que a una pensionista se le diga que va a perder servicios sociales y poder adquisitivo porque hay que hacer sacrificios, y lo acepte? Sobre todo cuando aceptamos que poner impuestos y quitar privilegios a los ricos hará que estos salgan por peteneras a paraísos fiscales. Vemos natural que el que más tiene haga todo lo que sea por su dinero, mientras que el que nada tiene lo de todo por los suyos. Los pobres muchas veces no entienden de marcas patrióticas, sólo entienden del inmediato del hambre y la miseria. Y lo tenemos aceptado, escrito en nuestros genes parece.

Hoy veía en las noticias a una profesora portuguesa que estaba dispuesta a renunciar a su paga extra para que con ese dinero se generara trabajo. Esa mujer, como tantos otros, como la gran mayoría, debería estar en los altares, en los libros de texto, en los cuentos y en las canciones. Me ha hecho hervir la sangre la conciencia de que el interés de unos pocos está intentando quebrar la lógica de los pueblos, que es que juntos somos más. Y no podrán.

No podrán, al menos en la república independiente de mi conciencia. No perderé la fe en la gente que sigue adelante con la mitad demostrando la vileza de aquellos que con más del doble tienen la maleta preparada para abandonar el barco a la primera de cambio. Como las ratas. Y es más, el escrache es poco para esta panda de cobardes que han acabado con el futuro de todos sumiéndonos en las tinieblas de un pasado que ninguno echábamos de menos. Sólo los nostálgicos de la desigualdad y la ignorancia pueden disfrutar viendo la demolición de unos logros que eran para todos.

Mientras no sintamos pena por el desvalido y el oprimido, aquí o en la china, a pesar de sus pecados y sus errores, no nos quitaremos el yugo asfixiante de una casta de sociópatas que nos llevan al abismo. Uno real, y que no es sólo económico, sino que nos afecta a todos: qué es el ser humano. Qué queremos ser. Y yo, personalmente, estoy con la profesora de ese colegio portugués, no con la Troika o el FMI. Y esto no significa que no quiera sacrificar, sacrificar de lo poco que tenga. Pero lo de todos, que siga siendo así.

Y el que no quiera un mundo en el que se luche, se batalle y se sacrifique por las personas, por todas, ya sabe cuál es la solución a sus problemas. El maldito exilio. Porque ya no pertenecerá a mi especie.

lunes, 11 de marzo de 2013

¿Qué nos pasa?

Skyline de Frankfurt, cortesía de la wikipedia
Para encontrar la solución a un problema lo mejor es definir bien de qué se trata. Si nosotros vamos al médico y le decimos "me duele ahí y es un dolor un poco así", probablemente no podrá hacer un diagnóstico efectivo. De igual modo, cuando el médico va a aplicar un tratamiento, no vale con que diga "le vamos a amputar la pierna porque tiene un dolor así así y tiene una pinta mala mala". Si la pierna nos lo permite, saldremos corriendo. Y es así con prácticamente todo. Si queremos solucionar un problema hay que analizarlo bien y aplicar las medidas oportunas.

Algo parecido está pasando en Europa y en nuestro país. Al parecer los españoles, junto con el resto de europeos de segunda, sufrimos un problema de deuda. Esto es el equivalente a un "dolor de cabeza". El diagnóstico ha sido que los países están muy endeudados, tanto a nivel público como privado, por lo que hay que reducir esa deuda y asunto solucionado. Con esa simpleza despacha el problema nuestro presidente honorario el notario Brey. Te puede doler la cabeza por una gripe, por una migraña, por estrés o por un tumor, pero los sabios europeos y mundiales han decidido que eliminando el síntoma se elimina el problema. Hay que reducir el déficit, y entonces, todo volverá a ser como antes.

Bien, pero ¿cuál es el problema real? Decir que los abultados déficits de la zona euro son un problema aislado lleva irremediablemente a una visión paternalista del problema. Unos países han "vivido por encima de sus posibilidades" y han arrastrado a sus compañeros a la recesión e incertidumbre. Los vagos españoles, los irresponsables italianos, los codiciosos irlandeses y los débiles portugueses. Y los griegos, que son el epítome de todos los pecados de la crisis. Incluso los vanidosos franceses, con todas esas vacaciones y esos privilegios de la sociedad del bienestar, son mirados con suspicacia.

Y así es como se está escribiendo la Historia: la crisis tiene países buenos y países malos. Por supuesto, como en todo relato maniqueo, los malos son castigados para que vuelvan a la única senda posible: la del crecimiento. ¿Qué es el crecimiento? Pues, llana y sencillamente, pagar tus deudas. Quedan lejos los años en los que Alemania y Francia rompieron el pacto de estabilidad presupuestaria europeo, que establecía unos límites rígidos de déficit, con la justificación del crecimiento. "Miren, si no nos endeudamos, no podemos crecer" dijeron. Y nosotros dijimos "vale". España, por cierto, cumplió todos los pactos de estabilidad presupuestaria porque crecía gracias a otra cosa, a cierta burbuja.

Como en todo hay que tener en cuenta diferentes opiniones. Y tiempos. Hace diez años la economía alemana estaba gripada. Aunque el ciclo económico era expansivo, el paro subía. A esto se añadía la competencia de las potencias emergentes, países a los que la sociedad del bienestar no había llegado (bendito FMI) y por lo tanto se podía producir sin el estorbo de legislaciones ni normativas y de un modo mucho más rentable. De hecho, la mayor máquina exportadora mundial es una dictadura. Una dictadura como las de Corea del Norte, Cuba o la antigua URSS. Así que Alemania se veía ante un grave dilema: renunciar al bienestar o encontrar la manera de devaluarse para volver a ser competitivos.

Alemania optó por una medida intermedia: devaluar a sus ciudadanos. Los planes Hartz fueron la solución ideal para conseguir reducir el paro y mantener la fachada, mientras que se habría una brecha laboral sin precedentes. Millones de personas viven ahora gracias a subsidios (el Hartz IV) mientras que los derechos laborales de los nuevos trabajadores son inferiores a los que consiguieron los contratados antes de la crisis. Ellos comenzaron con estos planes hace 8 años, por lo que puede decirse que fueron alumnos aventajados de la clase.

Mientras los alemanes se apretaban el cinturón y se "sacrificaban" (palabra con gran predicamento en nuestros días) los países de la perifería vivían en una orgía crediticia. El crédito fluía y los gobiernos, empresas y particulares aprovechaban sus ventajas. No eran tan previsores como los alemanes, que como las hormigas del cuento, habían comenzado a maquillar su economía para los años venideros. Alemania también puso el cazo dentro del bacanal crediticio y se dispuso a sacar pingües beneficios, porque no eran tontos. Al fin y al cabo no se preparaban para la crisis, se preparaban para un nuevo escenario global.

Cuando todo saltó por los aires y los griegos se sacaron los bolsillos fuera del pantalón muchos no quisieron creerlo. No porque no fuera a pasar, no eran estúpidos, eso era algo inevitable. Sino porque fue demasiado pronto. Demasiado cerca. A los buenos alemanes no les había preocupado engordar con crédito barato a la periferia mientras se dedicaban a desmantelar los logros de décadas de lucha y sufrimiento dentro de sus fronteras. ¿Qué iban a hacer ahora? Se habían pillado los dedos con sus bancos.

Europa miró a Alemania, la economía más potente de la zona, para ver qué había que hacer. Y la canciller Merkel hizo lo que hacen los líderes que quieren seguir siéndolo: salvar el culo a los bancos alemanes, y en general, a Alemania. Bajo su autoridad moral, refrendada por su crecimiento y su menor paro gracias al maquillaje de los Hartz, se decretó en Berlín que el déficit era el problema y que había que instaurar el dogma de la austeridad. ¿Para crecer? No, para que se pagaran las deudas. "Quieto todo el mundo, pagad lo que se debe o aquí va a haber problemas".

El celo recaudador de Alemania, y del resto de prestamistas que habían jugado a la ruleta rusa de inflar la deuda, fue saltando bancas por Europa. Irlanda, Portugal, España e Italia no tardarían en sumarse a la tragedia griega con diferentes modalidades: intervenciones de la Troika, bancos malos, gobiernos tecnócratas o rescates a la banca. Y por supuesto recortes. Aquí en España se decidió que el dinero debía ir prioritariamente a pagar la deuda, no a la sociedad, no al país. Y comenzó la recesión inevitable que ha amenazado incluso con acabar con el Euro. El empobrecimiento de millones de personas se justificaba porque los acreedores debían ver sus deudas resarcidas. La deuda por encima de las naciones.

¿Son los alemanes los malos? ¿Lo son los griegos?. Si miramos los papeles oficiales podemos decir que Alemania lo ha hecho bien. Poco paro, crecimiento hasta hace poco y una buena posición exportadora que la hace poco vulnerable a la deuda. Por supuesto, eso no es nada si comparamos a Alemania con China. China lo ha hecho excelentemente. Sin embargo yo no querría vivir en China, principalmente porque estoy a favor de los derechos humanos.¿Cuáles son los parámetros para calificar a un país? Desgraciadamente ya no se trata de lo que diga la gente, sino un puñado de cifras.

China es al mundo como Alemania a Europa. Es el nuevo motor de la economía y ante el que responden los líderes mundiales. ¿Censura? ¿Torturas? ¿Abuso medioambiental? Es nuestro amigo de oriente. No en vano es uno de los mayores, sino el mayor, poseedor de deuda externa de los países del mundo. Y es que el déficit y las deudas se contraen en los mercados financieros con agentes de lo más pintoresco. China, una dictadura pseudocomunista que no respeta derechos humanos, los Emiratos Árabes, con su entrañable feudalismo, o los Fondos de Inversión de Riesgo, prestamistas que controlan las agencias de rating y que no responden ante nadie, entre otros. La economía mundial está en las edificantes manos de estos sujetos.

Durante décadas los mercados financieros han ido generando cada vez mecanismos más opacos de inversión, lo que ha hecho cada vez más rentable operaciones de dudoso gusto. Claro, existe la creencia de que "ganar dinero" es igual a "bueno", por lo tanto estas operaciones quedaban justificadas desde el mismo momento que daban dinero. Miremos a Valencia un momento. Todo el mundo sabía que se robaba y se tiraba el dinero en las letrinas de Calatrava, pero se vivía bien con la Fórmula 1, la especulación inmobiliaria y la cultura del pelotazo. O a Jesús Gil en Marbella. Era dinero sucio, pero al fin y al cabo, era dinero. Y dinero es lo mismo que bueno. Si te quitan la dignidad, aún tendrás dinero. En este país, en este mundo, si te quitan el dinero, has perdido todo.

Por lo tanto es absurdo señalar como culpables a estos agentes ya que, al fin y al cabo, y aunque nos pese, hemos sido nosotros los que hemos picado en su anzuelo alegremente. No quiero que se me malinterprete, no estoy culpando a Alemania, China o a Soros de haberle quitado el trabajo a mi vecino, sólo busco explicar (explicarme) cuál es el verdadero problema que nos atenaza. La deuda es sólo un síntoma de un problema mucho más profundo del que nadie se está ocupando.

Miremos a Reino Unido. No vive sus mejores horas con una deuda pública galopante y con la vieja gloria del imperio haciéndose una carga cada vez más pesada. Sin embargo capea el huracán como puede. ¿Gracias a un sistema productivo y exportador como el alemán? Realmente no, el sector industrial vive un gran declive en las islas debido a la competencia asiática y el precio de las materias primas. Su secreto es el sector terciario, y en concreto, sus bancos. La City de Londres es la capital europea en la que se mueve mayor cantidad de capitales y sus servicios financieros aportan un 28% de la generación de valor del país.

Los ingleses y escoceses (Edimburgo es la segunda capital financiera del país) se prepararon, al igual que los alemanes, para el mundo actual. Sin embargo el futuro para ellos no está en el control de los bienes, sino en manejar directamente el dinero. Sale más rentable ser un pirata en el atlántico que gastar tiempo y energía en administrar las américas. Al fin y al cabo, el negocio de la banca no es más que un negocio de intermediación. Más seguro, mas rentable y más cómodo que las expediciones coloniales. Y que hasta hace bien poco tenía mucha mejor imagen.

Y es que ha sido la banca el gran motor del mundo. Con su innegable capacidad de producir dinero de la nada, a algunos se nos olvidó la necesidad de asentar la riqueza en bienes reales. El sueño de un mundo con una tendencia a la riqueza infinita se fraguó en las oficinas de ricos ejecutivos que pensaron que morirían mucho antes de que la gente se diese cuenta de su insostenibilidad. De la escala de la gran estafa piramidal que supone nuestro sistema financiero.

"Podrás ser lo que quieras amiguito" parecía decir el optimismo rabioso que impregnaba todo. "Puedes confiar en nosotros, encontramos el puchero lleno de oro al final del arcoiris" escribian en sus cuentas de resultados, y todos nos lo creíamos. Cómo no creer en la magia, por adulto que seas. Cualquiera podía hacerse asquerosamente rico sin esfuerzo y sin molestar, había dinero para todos. Quien tenía una casa tenía un tesoro. ¡Qué más daba un poco de corrupción! Los países ricos estábamos condenados a ser ricos hasta que la tierra reventara, y hasta entonces teníamos tiempo.

Es notable nuestra ceguera durante años y décadas. El FMI y el resto de instituciones internacionales intentaron extender el negocio por todo el globo. Claro, no consideraron que los derechos sociales y las conquistas laborales habían sido una pieza fundamental de nuestro progreso. Así se produjo la deslocalización para ahorrar costes al primer mundo, mientras que los salarios miserables y el deterioro medioambiental era vendido a diferentes líderes como "el futuro" para sus ciudadanos. Esos países que hicieron sus deberes en busca de nuestro estatus son los que ahora llamamos potencias emergentes, y es hacia donde ahora dirigimos nuestra mirada.

Se me podrá acusar de sectario, pero cualquier oportunidad de un modelo eurpeo en latinoamérica fue erradicado a base de dictaduras pagadas con dólares y populismo de garrafón. Asia se convirtió en la gran fábrica de occidente y los africanos no fueron ni siquiera considerados dignos de convertirse en algo más que una fuente barata de recursos sin fin. Mientras los misioneros intentaban enseñar a leer y a escribir entre las balas y fuegos de la guerra, las instituciones internacionales regulaban un mundo en el que las personas carecían de importancia.

"Hay que trabajar más y cobrar menos". "Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades". "Habrá que hacer sacrificios". Escuchamos estos lemas de la política actual y nos entra un regusto amargo en la boca. "No hay dinero para los servicios públicos". "La gestión privada es más eficiente y menos corrupta". "Hay que acostumbrarse a pagar por los servicios (refiriéndose a servicios públicos)". La indignación ante esta apisonadora que pretende acabar con todos los logros conseguidos hasta ahora sale a la calle en forma de marea. Pero otros llevan sufriendo estas medidas, sin siquiera conocer los privilegios que aún disfrutamos, desde hace décadas bajo el dictado de instituciones que llevan nuestro nombre.

Ahora que la burbuja se ha roto, que despertamos con la resaca de una ficción demasiado oportuna para ser real, miramos cómo quieren devaluarnos para poder encajar en un mundo que llevamos configurando desde hace mucho tiempo. Las guerras televisadas, las hambrunas, la plaza de Tiananmen, la desolación en las repúblicas exsoviéticas, la inmigración, la tecnología barata, la deslocalización, la especulación, el tráfico de personas y mercancias, el calentamiento global, las pateras, la corrupción, el fanatismo y el miedo son otros síntomas del mundo que hemos creado.

La globalización es un hecho, no un plan de un ente maligno e interesado que busca dominarnos. Es un resultado, y eso hace que nuestras vidas queden entrelazadas con las de nuestros vecinos a miles de kilómetros. Todo lo que ha pasado por nuestra televisión, y sigue pasando, no es un proyecto premeditado por alguien, es el producto de décadas en las cuales la vida humana ha ido devaluándose bajo criterios que nada tenían que ver con ella.

La crisis de deuda europea, así como las soluciones propuestas, no son más que una vuelta más de tuerca. Primero creamos naciones de Todo a cien para nutrir nuestros mercados, y ahora somos nosotros los que debemos renunciar a todo lo que buscábamos defender entonces para seguir alimentando el progreso. "Vivirás peor que tus padres" no significa otra cosa que "vivirás igual que han estado viviendo muchos otros para mantener tu nivel de vida". Efectivamente, viene a ser "pagarás las deudas de tu padre".

A estas alturas del partido es posible que estemos un poco confusos. A mí me entran muchas ganas de ir explicando por qué el modelo no funciona... ahora que me afecta a mí. Parece mentira que ahora haya que renunciar a tantas y tantas cosas. Dan ganas de que el sistema aguante unos años más, un par de décadas, para que el marrón se lo lleven otros. Eso es posiblemente lo que pensaban los líderes mundiales al proponerse "refundar el capitalismo" y aplicar a sus ciudadanos "medidas temporales".  Aguantar el tirón sin sufrir las consecuencias que nuestra desidia (suya y nuestra) ha provocado.

¿Cuál es, pues, el verdadero problema? Probablemente uno complejo y multidimensional, que no se soluciona con dietas milagrosas y que implica a tantos agentes como piezas hay en el tablero, esto es, a todos. Uno que no tiene culpables claros y que sí tiene millones de víctimas. Uno que requiere mucha más fuerza, carisma e inteligencia que la que reunen, entre todos, nuestros actuales líderes. Nuestra enfermedad es un proceso muy avanzado, que hemos ayudado a desarrollar, y que muchos no van a querer parar. Las ventas de artículos de lujo se han disparado mientras algunas empresas obtienen beneficios record.

Lo aquí expuesto no son más que un puñado de tópicos reunidos con mayor o menor fortuna, pero creo que presenta un cuadro bastante más preciso de la situación a la que nos enfrentamos que la que se encuentra en los análisis de nuestro gobierno o entre los enrevesados tecnicismos de los economistas. El hombre ha dejado de tener valor para el hombre, ya no es un fin y ya no merece respeto. Y es algo que lleva pasando desde siempre, sólo que ahora nos ha tocado enterarnos a nosotros.

¿Seremos capaces de cambiarlo? ¿O acabará siendo un "sálvese quién pueda"? Posiblemente yo no sea el facultativo adecuado para responder a estas preguntas.

lunes, 30 de abril de 2012

Un color nuevo


Es sorprendente la capacidad de la política para pervertir el lenguaje. Como mostraba tan bien Juan José Millás en su excelente artículo Un sindiós, la política se ha teñido de contradicción incluso en su esencia misma. La política es odiada por los ciudadanos que no ven más que un pozo sin fondo de desesperanza y malos augurios. La situación es tan dramática que preferiríamos que no nos mintieran, que violaran y saquearan lo que creamos juntos sin medias tintas. A saco.

Yo no dejo de darle vueltas. Si las cosas están tan mal, ¿por qué no hacemos nada? Creo que en gran parte es debido a una absoluta falta de imaginación. No existen alternativas porque no somos capaces de imaginar algo nuevo. Repetimos discursos pasados y aplicamos los mismos esquemas que llevamos aplicando desde hace prácticamente 100 años.

El capitalismo no deja de ser un relato sobre el éxito de unos pocos frente a la adversidad. Cómo el espíritu emprendedor del individuo logra sobresalir entre mediocridad general de la sociedad, condenada a depender de los otros. Ahora vivimos las consecuencias de ese modelo, uno en el que unos pocos guían el camino y varios millones viven condenados en las tinieblas de la ignorancia y el sacrificio; para los que saber la verdad -su condena irremediable y mediocridad- sería intolerable. Al individuo sólo se le puede exigir el éxito y la ambición, no la solidaridad. Su trabajo para mejorar las condiciones del colectivo sólo puede calificarse de caridad.

El problema es que el capitalismo etiqueta a los individuos exclusivamente por los números de su cuenta corriente. El emprendedor y el espíritu visionario capaz de disfrutar por completo de sus condición humana ya no es fruto del esfuerzo y el trabajo. Tenemos que pensar que el capitalismo nace con la implantación de la burguesía que luchaba contra los privilegios de los nobles. Ahora son una nobleza nueva, repiten un esquema mental por el que la mediocridad se esquiva por vía hereditaria.

Ahora que la conciencia de esa  mediocridad y los sacrificios han empezado a llegar a las puertas de nuestras casas, nos acordamos de la respuesta que se dio hace más de 100 años aquellos postulados. Se pretendía invertir el orden que establecía la importancia del capital como éxito y se sometía al individuo al colectivo. Se anteponía la imposición del nosotros frente a la libertad individual.

La aplicación práctica de las tesis marxistas en el comunismo pecó de lo mismo que el capitalismo: transformarse en una versión aún más cruel que su enemigo. Al final el Partido se convertía en una élite por encima del bien y el mal mientras que el nosotros perdía toda su dignidad individual. No se podía disentir ni dudar, ya que sólo había que obedecer a un grupo de tiranos que más tarde se negarían a ceder el poder e impondrían su dinastía.

Nuestro lenguaje político está encerrado entre dos visiones contrapuestas de izquierda y derecha. Sí, hay nacionalistas, ecologístas, cristianos y  piratas, pero todos tienen la misma configuración en su cerebro. O todos contra uno o uno contra todos. Nos olvidamos de que a fin de cuentas el capitalismo habla de que la optimización de la competencia traerá un mundo mejor para todos. Y que el marxismo y sus variantes buscan, tras la dictadura comunista, un paraíso en el que la igualdad y el progreso vayan de la mano.

Es obvio que el mundo, desde la grecia clásica, no ha encontrado un sistema acertado. Platón y Aristóteles, que sembraron las semillas de nuestra cultura, también hablaban en terminos parecidos. Aristóteles defendía una aristocracia en su sentido literal, un "gobierno de los mejores". Platón, que también estaba de acuerdo con Aristóteles en el hecho de que debían gobernar los mejores, estableció un modelo estatalista en el que la sociedad estaba por encima de los anhelos de libertad de los ciudadanos.

¿2500 años y seguimos pensando igual? Es curioso. La humanidad en su conjunto ha vivido diferentes procesos que se han mostrado insuficientes a la hora de abordar algo parecido a un gobierno ideal. Las religiones han intentado encontrar su propia solución desde una perspectiva ideal o "divina". Sin embargo el resultado ha sido la repetición de esquemas: Papas, rabinos y ayatolás llamando a la guerra, hombres de fe clamando la venganza contra el infiel. Contra el otro.

Nuestra forma de pensar, sin embargo, ha evolucionado. Ya a finales del siglo XIX el nihilismo -la nada como esencia de las cosas- se cobró sus primeras víctimas. La vida como un sinsentido que no se dirige a ninguna parte. Sólo así se puede entender la actividad depredadora del capitalismo que busca el beneficio para hoy y no aporta soluciones para problemas del mañana. O dictaduras totalitarias donde el precio de la vida es menos que la nada misma que nos rodea. No hay lugar para la esperanza porque no tiene sentido.

Siempre he creído que la razón era una extreña enfermedad. Era para mí el convencimiento absoluto de nuestra insignificancia, de nuestra capacidad de errar. De nuestra debilidad ante miles de cosas que nos sobrepasan. Veo ahora a nuestros líderes y sabios mirar a la razón con esos mismos ojos. Una herramienta que nos hace comprender cada vez más secretos de la naturaleza pero que es inútil para mirar en nuestro interior. Para desentrañar lo que nos hace humanos, tan iguales y tan diferentes, al resto de las cosas.

Pero no es una enfermedad, es la vacuna para todos nuestros males. El dolor, el placer, la alegría o el miedo cobran un sentido gracias a ella y nos hace más fuertes. Nos hace invencibles. Iguala la hetereogénea naturaleza humana. Somos seres racionales, los únicos en este planeta. Somos los únicos acreedores de los derechos, privilegios y deberes para con todo lo que nos rodea, porque somos los únicos que podemos comprenderlos y aceptarlos. Negarlo, sería ir contra nuestra propia naturaleza.

Decir que alguien tiene la solución a un problema que lleva miles de años sin resolverse es de una arrogancia extrema, pero vivimos en un mundo donde sólo cuentan las decisiones individuales porque somos incapaces de pensar como grupo. La experiencia y los intereses hacen que desconfiemos del otro. ¡El miedo es el elemento que cohesiona nuestra sociedad! El miedo al otro, el miedo a perder, el miedo a vivir plenamente. 

Es el miedo el elemento que llevan atizando nuestros políticos desde hace años. "No le vote a él, que es pésimo, vóteme a mí". No sólo eso, cuando venden esperanza, como Obama y el "Yes, we can", la decepción es inmediata. Estamos siempre amenazados por los otros. Y lo más bonito es que vivimos -algunos pocos- en democracias universales donde la mayoría piensa como unas mínimas minorías.

Creo que la crisis que vivimos, no sólo la económica, también la cultural y social, se debe a una completa incapacidad de pensar en algo nuevo. Algo radical y diferente. Como si buscar una solución a el sumidero oscuro hacia el que nos escurrimos fuera igual que inventar un color nuevo. Ni el "nosotros" ni el "individuo", sólo la terrible soledad de un hombre terriblemente viejo.

jueves, 29 de marzo de 2012

¿Por qué lo llaman productividad cuando quieren decir beneficios? (II)



El otro día el millonario Warren Buffet hacía una curiosa comparación:
Hoy en día las reservas mundiales de oro son de aproximadamente 170.000 toneladas métricas. Si todo esto oro se  fundiera junto, se formaría un cubo de aproximadamente 21 metros (68 pies) por cada lado (cabría  cómodamente dentro de un campo de juego de béisbol). A 1.750 dólares por onza - el precio del oro, cuando escribo esto - su valor sería de $ 9,6 billones. Llamemos a este cubo la pila  A.
Ahora vamos a crear un montón B que cuesta una cantidad igual de dinero. Para ello, podríamos comprar todas las tierras de EE.UU. (400 millones de hectáreas con una producción de alrededor de $ 200 mil millones al año), además de 16 Mobils Exxon (la más rentable  empresa del mundo rentable, con beneficios de  más de $ 40 mil millones anuales). Después de estas compras, tendríamos 1 billón de dólares de sobra para gastar  (no hay que sentirse axfisiado tras la orgía de compras). ¿Se imaginan un inversionista con $ 9,6 billones prefiriendo A que B?
Más allá de la valoración sorprendentes, dadas el stock de oro, los precios actuales valoran  la producción anual de oro a $ 160 millones de dólares. Los compradores - los usuarios de joyería e industrial, individuos atemorizados, o los especuladores - continuamente deben absorber esta oferta adicional meramente para mantener un equilibrio a los precios actuales.
Dentro de un siglo  los 400 millones de acres de tierras de cultivo habrán producido ingentes cantidades de maíz, trigo, algodón y otros cultivos - y seguirán produciendo un botín valioso, sea cual sea la moneda. Exxon Mobil, probablemente  habrá entregado miles de millones de dólares en dividendos a sus propietarios y también tendrá activos por valor de varios billones más (y, recuerde, usted consigue 16 Exxons). Las 170.000 toneladas de oro no cambiarán de tamaño y seguirán siendo incapaces de producir nada. Puede usted acariciar el cubo, pero este no va a responder.
Es cierto que cuando la gente de dentro de un siglo tenga miedo,  probablemente  muchos todavía se apresurán a comprar oro. Sin embargo, confío en que, la valoración actual de 9600 mil millones de la pila A aumentará durante el siglo a una tasa muy inferior a la alcanzada por pila B.

En el blog en el que lo leí, Nada es Gratis, en seguida aparecieron varios comentaristas para criticar las declaraciones del Oráculo de Omaha, como lo llaman por su gran capacidad de hacer dinero. Las críticas se centraban en el hecho de que, a fin y al cabo, la gente prefería un "refugio seguro" como el oro desde siempre y funcionaba. De hecho Warren Buffet tiene parte de su fortuna invertida en lingotes, cosa que le afeaban los expertos de los comentarios. "¿Cómo va a dejar de ser un valor seguro el oro?" parecían decir los comentaristas, expresando su desagrado hacia la postura ingenua del millonario.

Buffet no es tonto. A estas alturas del partido puede permitirse decir y hacer lo que quiera. Pero es curiosa la obstinación de los expertos en razonar como erróneo lo que él dice. El precio y el valor del oro es una convención. Un católico puede pecar, pero los responsables de la economía viven sometidos a dogmas mucho más inquebrantables. Los 10 mandamientos no tienen nada que hacer frente a las leyes de la economía. Representan un mundo irracional (cae en la histeria con frecuencia), complejo y en muchos casos incomprensible; un sistema supuestamente ingobernable y que se autoregula (supuestamente).

La historia del magnate estadounidense no deja de ser representativa. Tenemos que ponernos en la situación de que si hubiese un señor en España que vendiese 10.000 toneladas de oro al año, en una jornada de trabajo, sería el tipo más productivo del país y podría ponerse un salario acorde con los beneficios generados. No podrían igualarle ni 10.000 médicos, ni 100.000 maestros ni todos los trabajadores de Zara en el mundo. Sería el hombre más productivo del mundo.

Tenemos que pensar que su trabajo puede consistir en ir a un hotel de Madrid y vender las reservas de oro de un país africano a un grupo de ejecutivos de una gran empresa minera mundial. En dos horas habría generado más riqueza que varios miles de españoles en toda su vida.

A mí cuando me hablan de "productividad" entiendo que hay algo que "producir". Me imagino a gente currando, haciendo cosas. Pongamos una gran fábrica de automóviles. Operarios en sus puestos de trabajo, poniendo tornillos y montando piezas. El resultado del trabajo de una cadena son varios miles de automóviles. El sentido común puede decir "ajá, a más vehículos mayor productividad", pero no.

Para que la empresa de automóviles gane dinero no hay que fabricar coches, eso es un "gasto", lo que hay que hacer es venderlos. Así que el ejecutivo que vende más coches a los concesionarios es el que hace realmente dinero. El que plantea la estrategia de penetración en un mercado y una campaña genial para vender coches es el que realmente está generando beneficios. Da igual las horas de trabajo, lo importante es el beneficio que la empresa saque. Obviamente ninguna empresa paga a sus trabajadores por ser simpáticos.

En el modelo productivo que nos quieren imponer se sigue esta misma dirección. Reducir los gastos, esto es pagar menos al que trabaja la materia prima o produce, y subir más los salarios a aquellos que al final del proceso generan mayores beneficios. Son los que están en los cargos directivos los encargados de encaminar las empresas al beneficio. Todo lo demás son gasto. Cuanto menos gastos tengo, mayores beneficios puedo obtener. Una empresa que tenga grandes beneficios es un negocio fantástico. Sólo hay que mirar al sistema financiero suizo o la capacidad exportadora de China y Alemania. Pero hay otras formas de obtener pingües beneficios. Las grandes reservas de petróleo, por ejemplo.

¿Es un país una empresa? No lo sé. De serlo necesariamente tendría que ser deficitaria, siempre y cuando tenga servicios sociales. Casi todos los gastos públicos suponen un beneficio social financiado conjuntamente, pero nunca una fuente de beneficios. Pero lo que ha pasado con España SA es peor, porque sus gestores han incurrido en una deuda que no pueden pagar. Corrupción y una penosa gestión ha llevado a gastos a todas luces supérfluos y dispendios propios de la Roma Imperial. Es normal que muchos suplicasen por la llegada de un mesías tecnócrata, un señor de formación ejectivo, que por tanto, hubiese demostrado su capacidad de generar beneficios.

Pero hay que hacerse una pregunta: ¿la culpa de la crisis española es del gasto público? Y lo cierto es que no. Nuestros políticos son incompetentes y corruptos, pero no superaron hasta bien entrada la crisis el límite del 60% de deuda pñublica pactado con Europa. La deuda privada es otro cantar. Ejecutivos con sueldos millonarios cuyo trabajo era generar grandes benficios, como es el caso del sector financiero, jalearon la deuda privada española, situada en un 200%. El exceso de financiación y la búsqueda de dinero fácil endeudó el sector privado, las familias y los emprendedores.

Ese exceso de deuda privada y la dependencia del ladrillo hizo más difícil financiarse a España SA, porque los que le daban dinero empezaron a dudar. Con el colapso de Lehman Brothers se cerraron los grifos, y bueno, ya os sabéis la historia: perdimos casi todos. Lo peor de España no fueron sus gobernantes ineptos, que ya es decir. Fueron los ejecutivos que al calor de sus sueldos millonarios enriquecieron a sus accionistas a costa de los españoles que "vivieron por encima de sus posibilidades".

Ahora debemos financiar una deuda creciente y la única forma es generando beneficios. La reforma laboral del gobierno pretende ponernos en manos de los que de verdad generan dinero, señores de traje y corbata que en los salones de lo hoteles cierran tratos a espaldas de los ciudadanos. Señores que deben ganar todo el dinero posible a costa del trabajador, que para ser más productivo tiene necesariamente que perder.

"Viviermos peor que nuestros padres" dicen. "No podemos vivir por encima de neustras posibildiades" dicen en Europa. Sin embargo hay una casta de señores que con sus contactos van tejiendo una tupida tela de araña que recoge los millones suficientes para solventar nuestra deuda. Nosotros tenemos que vivir mientras a oscuras, cediendo al miedo al despido y la precariedad, esperando a que alguien se decida a prenderle fuego.

No nos están salvando, se están salvando ellos con la complicidad de los gobernantes. ¿Qué te promete alguien que dice que vas a vivir peor? ¿Realismo? Sin la solidaridad necesaria para impulsar valores e ideas que cambien el sistema estamos perdidos. Que no lo llamen productividad cuando buscan benficios, a pesar de que la historia a demostrado que su búsqueda ha generado resultados negativos.

Una cadena sigue siendo una cadena por muy dorada que sea.

domingo, 20 de noviembre de 2011

La ¿fiesta? de la democracia

Esta mañana he ido a votar. No era muy pronto, pero a decir verdad pensaba encontrar menos gente.

Por la rampa de acceso al colegio electoral, gente más joven, más vieja, solos, con niños o en pareja iba a votar. A la salida, al bajar por esa misma rampa, subía una columna de ancianos (eran un auténtico ejército), caminando o algunos en sillas de ruedas, supongo que provenientes de alguna cercana residencia geriátrica.

Delante mía, una señora con el pelo cano pone la mano suavemente sobre el brazo de otra señora también mayor. "¡Hasta luego!", le dice. "Hay que cumplir", le contesta la segunda. Y con una sonrisa por saludo, la una baja y la otra sube, empujando una silla de ruedas por la suave pendiente.

Hay que cumplir. Ésa es la clave. ¿Hay que hacerlo? Bueno, podemos pensar en qué es la democracia. Bañada por el mediterráneo griego, y más longeva que casi todos los olivos milenarios, su aplicación sin embargo ha sido tibia durante casi toda su existencia. Y ahora parece que sí, que se le atribuye rango de fiesta, se le reconoce. Se celebra.

Pero esto no ha caído del cielo. Para que algunos podamos cumplir, incluso para que haya quienes estén en su derecho de no cumplir, otros han dejado la piel, la sangre, las entrañas y la vida en ello. Esto no ha sido gratis. Si la tiranía del laurel romano la diluyó en la Historia, rostros curtidos, maños callosas y algún político o noble más o menos ilustrado la devolvieron al primer plano, mas no sin esfuerzo. Y, salvo los últimos, mucho me temo que fue a base de pistoletazos, navajazos, bombas o golpes. Y después, patíbulos ensangrentados.

¿Le damos lo que merece a la Democracia? ¿Correspondemos ahora a los esfuerzos de aquellos que tanto padecieron, y que nos dejaron un mundo más fácil? Claramente, no. La abstención es desinterés; y el desinterés suele aparejar falta de compromiso. E insisto: esto no es gratis.

Pero no somos sólo nosotros. Es el modo en el que esto está planteado. Que cada dos o tres años nos vayamos a dar un garbeo al colegio electoral dista años luz de aquellos foros en los que se reunían griegos y romanos a discutir. Hasta no hace mucho, es verdad que no se podía; el sobredimensionado Estado moderno es más difícil de manejar que la polis griega; y no es igual votar a mano alzada entre cien, que a lo largo y ancho de la nación de cuarenta y cinco millones de almas.

Pero, cada vez más, la tecnología provee de medios. La instantaneidad de la vida cotidiana, en especial de la información, puede y debe hacer que se recupere el origen, la raíz de este sistema que, si bien no es perfecto, es el menos malo de cuantos se han planteado. La polis tecnológica no es algo imposible; si esa misma tecnología ya ha planteado el mundo como un bazar inmenso, ¿porqué no con el voto? Esto favorecería el interés, disminuiría la abstención y la apatía.

Porque no es cumplir. Y es tan fiesta como la llegada a aquellos rincones rurales, no hace tantos años, del agua corriente. Se celebró cuando vino, pero ahora toca vivirlo cotidianamente, exigirlo y mejorarlo cada día.

Y somos nosotros los fontaneros de este privilegio y derecho a un tiempo.

Por ti, por los tuyos; y por los que lo hicieron posible. A quien quieras. Pero vota.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Impuestos y responsabilidad social

Cuando pagamos impuestos estamos pagando por unos servicios. No sólo para nosotros, también para todos los que nos rodean. El impuesto ha sido demonizado al igual que el colegio. Los niños no quieren ir al colegio, porque los mayores decimos "¡ya veras!". Y los padres no quieren pagar impuestos, porque le dicen que no siempre utiliza los servicios por los que paga. Pero el colegio, al igual que la formación académica, es determinante para la persona que queremos ser en el futuro. Los impuestos es igual, ya que determina la sociedad que queremos en el futuro.

El capitalismo hunde sus raices en el protestantismo. Sólo los mejores podían redimirse ante Dios, por lo que el trabajo era el único instrumento válido para alcanzar el cielo. La prosperidad y el éxito económico eran reflejo de la pureza. El capitalismo bebió de ahí, para establecer un sistema en el que cuanto más prosperabas, más derechos tenías. Si tienes mucho dinero puedes permitirte un colegio privado para tus hijos, un seguro médico privado, una urbanización privada con seguridad privada. Y lo merecerás todo, ya que el que no se lo pueda permitir no habrá luchado lo suficiente. O habrá tenido mala suerte.

Sin embargo, si apostamos por un sistema impositivo inteligente, tendremos una sociedad en la que las diferencias sociales no sean tan abismales. Una sociedad mejor favorece incluso a los ricos. Un rico que pague más impuestos y beneficie a sus vecinos, no tendrá que temer que la situación de estos afecte a la suya. Si los hijos de éstos reciben una buena educación, es probable que no se entretengan en importunar su acomodada existencia. Si tienen una sanidad satisfactoria, probablemente no tendrá que tener miedo de la extensión de gripes. Si financia el transporte público, aunque él vaya en su coche, no tendrá que tener miedo a que un coche que no esté en condiciones o un autobús sobrecargado se accidente con él. Y, además, nunca se sabe si las tornas pueden cambiar.

La educación, la sanidad, el transporte, las carreteras... no son gratuitos. No pagamos impuestos y luego, de gratis, nos ponen todo eso. Lo pagamos todos. No se trata de ser vagos, como quien va a mesa puesta. Los que critican la sociedad del bienestar se ceban en que al final, lo que creamos, son parásitos sociales. Pero si somos conscientes de que cada euro que pagamos revierte en nuestra sociedad, que podemos exigir que nuestro dinero se utilice de manera eficiente, las cosas cambiarían. Tendríamos menos dinero, pero no por ello menor poder adquisitivo, porque no tendríamos que preocuparnos de muchas cosas.

El problema es que quien gestiona los impuestos es un inútil, y lo aceptamos. El problema es que nunca pensamos en los problemas cuando se presentan, y pensamos que nunca necesitaremos costearnos un carísimo tratamiento para el cáncer. Nunca nos dejará tirado el coche y tendremos que recurrir a los transportes públicos y a carreteras estatales. Y definitivamente, olvidaremos nuestra responsabilidad social.

*Nota al pie

- El Politikón es un espacio político. Aquí se debate, se opina y se aportan soluciones. Sólo podemos exigir la disposición a dialogar con el otro.

- No nos responsabilizamos del contenido de los vínculos que enlazamos. Si están enlazados será por su valor orientativo, su idoneidad o capacidad contextualizadora o incluso por un despiste. Os animamos a que nos ayudéis buscando mejores lugares de referencia.

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