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lunes, 30 de abril de 2012

Un color nuevo


Es sorprendente la capacidad de la política para pervertir el lenguaje. Como mostraba tan bien Juan José Millás en su excelente artículo Un sindiós, la política se ha teñido de contradicción incluso en su esencia misma. La política es odiada por los ciudadanos que no ven más que un pozo sin fondo de desesperanza y malos augurios. La situación es tan dramática que preferiríamos que no nos mintieran, que violaran y saquearan lo que creamos juntos sin medias tintas. A saco.

Yo no dejo de darle vueltas. Si las cosas están tan mal, ¿por qué no hacemos nada? Creo que en gran parte es debido a una absoluta falta de imaginación. No existen alternativas porque no somos capaces de imaginar algo nuevo. Repetimos discursos pasados y aplicamos los mismos esquemas que llevamos aplicando desde hace prácticamente 100 años.

El capitalismo no deja de ser un relato sobre el éxito de unos pocos frente a la adversidad. Cómo el espíritu emprendedor del individuo logra sobresalir entre mediocridad general de la sociedad, condenada a depender de los otros. Ahora vivimos las consecuencias de ese modelo, uno en el que unos pocos guían el camino y varios millones viven condenados en las tinieblas de la ignorancia y el sacrificio; para los que saber la verdad -su condena irremediable y mediocridad- sería intolerable. Al individuo sólo se le puede exigir el éxito y la ambición, no la solidaridad. Su trabajo para mejorar las condiciones del colectivo sólo puede calificarse de caridad.

El problema es que el capitalismo etiqueta a los individuos exclusivamente por los números de su cuenta corriente. El emprendedor y el espíritu visionario capaz de disfrutar por completo de sus condición humana ya no es fruto del esfuerzo y el trabajo. Tenemos que pensar que el capitalismo nace con la implantación de la burguesía que luchaba contra los privilegios de los nobles. Ahora son una nobleza nueva, repiten un esquema mental por el que la mediocridad se esquiva por vía hereditaria.

Ahora que la conciencia de esa  mediocridad y los sacrificios han empezado a llegar a las puertas de nuestras casas, nos acordamos de la respuesta que se dio hace más de 100 años aquellos postulados. Se pretendía invertir el orden que establecía la importancia del capital como éxito y se sometía al individuo al colectivo. Se anteponía la imposición del nosotros frente a la libertad individual.

La aplicación práctica de las tesis marxistas en el comunismo pecó de lo mismo que el capitalismo: transformarse en una versión aún más cruel que su enemigo. Al final el Partido se convertía en una élite por encima del bien y el mal mientras que el nosotros perdía toda su dignidad individual. No se podía disentir ni dudar, ya que sólo había que obedecer a un grupo de tiranos que más tarde se negarían a ceder el poder e impondrían su dinastía.

Nuestro lenguaje político está encerrado entre dos visiones contrapuestas de izquierda y derecha. Sí, hay nacionalistas, ecologístas, cristianos y  piratas, pero todos tienen la misma configuración en su cerebro. O todos contra uno o uno contra todos. Nos olvidamos de que a fin de cuentas el capitalismo habla de que la optimización de la competencia traerá un mundo mejor para todos. Y que el marxismo y sus variantes buscan, tras la dictadura comunista, un paraíso en el que la igualdad y el progreso vayan de la mano.

Es obvio que el mundo, desde la grecia clásica, no ha encontrado un sistema acertado. Platón y Aristóteles, que sembraron las semillas de nuestra cultura, también hablaban en terminos parecidos. Aristóteles defendía una aristocracia en su sentido literal, un "gobierno de los mejores". Platón, que también estaba de acuerdo con Aristóteles en el hecho de que debían gobernar los mejores, estableció un modelo estatalista en el que la sociedad estaba por encima de los anhelos de libertad de los ciudadanos.

¿2500 años y seguimos pensando igual? Es curioso. La humanidad en su conjunto ha vivido diferentes procesos que se han mostrado insuficientes a la hora de abordar algo parecido a un gobierno ideal. Las religiones han intentado encontrar su propia solución desde una perspectiva ideal o "divina". Sin embargo el resultado ha sido la repetición de esquemas: Papas, rabinos y ayatolás llamando a la guerra, hombres de fe clamando la venganza contra el infiel. Contra el otro.

Nuestra forma de pensar, sin embargo, ha evolucionado. Ya a finales del siglo XIX el nihilismo -la nada como esencia de las cosas- se cobró sus primeras víctimas. La vida como un sinsentido que no se dirige a ninguna parte. Sólo así se puede entender la actividad depredadora del capitalismo que busca el beneficio para hoy y no aporta soluciones para problemas del mañana. O dictaduras totalitarias donde el precio de la vida es menos que la nada misma que nos rodea. No hay lugar para la esperanza porque no tiene sentido.

Siempre he creído que la razón era una extreña enfermedad. Era para mí el convencimiento absoluto de nuestra insignificancia, de nuestra capacidad de errar. De nuestra debilidad ante miles de cosas que nos sobrepasan. Veo ahora a nuestros líderes y sabios mirar a la razón con esos mismos ojos. Una herramienta que nos hace comprender cada vez más secretos de la naturaleza pero que es inútil para mirar en nuestro interior. Para desentrañar lo que nos hace humanos, tan iguales y tan diferentes, al resto de las cosas.

Pero no es una enfermedad, es la vacuna para todos nuestros males. El dolor, el placer, la alegría o el miedo cobran un sentido gracias a ella y nos hace más fuertes. Nos hace invencibles. Iguala la hetereogénea naturaleza humana. Somos seres racionales, los únicos en este planeta. Somos los únicos acreedores de los derechos, privilegios y deberes para con todo lo que nos rodea, porque somos los únicos que podemos comprenderlos y aceptarlos. Negarlo, sería ir contra nuestra propia naturaleza.

Decir que alguien tiene la solución a un problema que lleva miles de años sin resolverse es de una arrogancia extrema, pero vivimos en un mundo donde sólo cuentan las decisiones individuales porque somos incapaces de pensar como grupo. La experiencia y los intereses hacen que desconfiemos del otro. ¡El miedo es el elemento que cohesiona nuestra sociedad! El miedo al otro, el miedo a perder, el miedo a vivir plenamente. 

Es el miedo el elemento que llevan atizando nuestros políticos desde hace años. "No le vote a él, que es pésimo, vóteme a mí". No sólo eso, cuando venden esperanza, como Obama y el "Yes, we can", la decepción es inmediata. Estamos siempre amenazados por los otros. Y lo más bonito es que vivimos -algunos pocos- en democracias universales donde la mayoría piensa como unas mínimas minorías.

Creo que la crisis que vivimos, no sólo la económica, también la cultural y social, se debe a una completa incapacidad de pensar en algo nuevo. Algo radical y diferente. Como si buscar una solución a el sumidero oscuro hacia el que nos escurrimos fuera igual que inventar un color nuevo. Ni el "nosotros" ni el "individuo", sólo la terrible soledad de un hombre terriblemente viejo.

jueves, 15 de diciembre de 2011

La responsabilidad en la gestión pública, ese concepto

 
Hace un año Juan Manuel de Prada explicaba con sencillez los beneficios de la especulación sobre el terreno público. Decía que si un Ayuntamiento tenía un terreno que valía 200 millones y era vendido por 150 a un amigo para quedarse dos de ellos el concejal, eso que se quedaba el concejal. Además el constructor podía construir pisos al precio del mercado y ganarse un dinerillo, y la gente podía comprarse casas al precio de mercado, que es lo natural. ¡Salían ganando todos! ¡Lo demás era envidia! ¡Cómo podían pretender que ahí hubiese algún daño!

Sin embargo detrás hay una demagogia, manipulación y mentira que serían abrumadoras si hubiesen salido de otra pluma. En JMdP es normal. Y es que lo público no es que no sea de nadie; el dinero que sale de ahí no mana de la misma tierra, es de todos. Es una creencia común y extendida que lo "público" no es de nadie o, si lo es, no tiene ningún valor. Por eso cuando "paga el estado" se puede despilfarrar porque ese dinero surge por generación espontánea.

El Estado, como Hacienda, somos todos. Cuando pagas un café, echas gasolina, tomas un cubata o presentas tu declaración de la renta estás pagando al estado y sus articulaciones -autonomías, municipios, ayuntamientos- para generar una serie de servicios que hacen la vida en la sociedad más cómoda y segura. Basado en la solidaridad, un engendro humano de valor incalculable, propiciamos un entorno de bienestar en el que realizarnos como personas. Ésto suena ñoño, pero no deja de ser cierto.

Pero nuestros impuestos y tributos no son suficientes para garantizar todos los servicios. Somos dependientes del exterior energéticamente y además tenemos que importar materias primas, nuevas tecnologías y debemos contribuir al conjunto de la sociedad mundial. Para eso el Estado, como una comunidad, pide préstamos con los que financiar sus inversiones en el conjunto de la comunidad y responder a sus compromisos.

Ahora bien, como toda comunidad solidaria, cada uno intenta aportar su grano de arena que debe constituirse en necesario y positivo. Ahí dentro también se enmarca la iniciativa privada, que no deja de estar dentro de una sociedad. No habría empresas si no hubiese una sociedad de personas. Por eso los gestores privados también tienen una responsabilidad con lo público. El hecho de apostar por un modo o una opción de aporte social de forma privada no exime de una responsabilidad hacia lo público. No tiene sentido ser pez en un charco y vender el agua.

Los grados de responsabilidad pública tienen que ir con lo que cada uno aporta. La persona asalariada sólo puede responder de un porcentaje limitado dentro de sus márgenes de maniobra. El empresario tiene una mayor responsabilidad al tener que tomar decisiones mucho mayores. Y el político y el funcionario, como servidores públicos, han de enfrentarse al deber de hacer que el sistema funcione sin dejar a nadie atrás. Esto no implica mayores derechos ni privilegios, porque todos somos iguales dentro de la diversidad. Esta igualdad tiene numerosos defectos, pero una gran ventaja, evitar desniveles y escalones en la vida social que entorpecen el progreso. Primero igualdad para que haya auténtico progreso.

No obstante el mundo ha funcionado perfectamente al revés. La responsabilidad y los sacrificios han recaído sobre la mayoría mientras que aquellos que tenían que tomar las decisiones más importantes quedan eximidos. Las razones de ésto dan para muchos posts como éste, pero aquí lo que me importa son las consecuencias. Consecuencias que no sólo sufren millones de parados, también la sufren millones de seres humanos en países del tercer mundo y lo sufre el medio ambiente -que también, qué curioso, es de todos-.

El 14 de septiembre de 2008 se corrió el telón que escondía las bambalinas del gobierno mundial. Y lo que había ahí era un monstruo engendrado gracias a la ambición y la irresponsabilidad de los máximos responsables del mundo. Tras condenar a Irak a una guerra civil sangrienta y al miedo al resto en nombre de los valores de la democracia tras otro fatídico septiembre, resultaba que al final todo se resolvía en dinero. Ingentes cantidades de dinero que fluían sin control y ciegas. Los único valores que cotizaban en la sociedad eran los que cotizaban en la bolsa. Nada más.

¿Consecuencias de aquello? Para el mundo una crisis en las raíces de su crecimiento. El capitalismo había demostrado que también tenía capacidad para devorarse a sí mismo. Sin embargo, la ausencia de alternativa condenó al mundo a una premisa que marcaba el precedente más peligroso del mundo: Too Big To Fall, demasiado grandes para caer. Significaba que el mundo claudicaba ante el sistema y no buscaba mayor solución que su supervivencia, aunque fuese a costa de todo lo demás.

Los gobernantes y banqueros, los empresarios sin escrúpulos que se cobijaron a su sombra, y los ciudadanos que asumieron de forma acrítica y anestesiada el crecimiento sin preguntarse por su estructura fueron y son culpables. Sin embargo el pago de la factura sólo lo paga aquellos cuya responsabilidad era más limitada. Ciudadanos, pequeños y medianos empresarios. Ningún gran banquero ni los políticos que despilfarraron nuestro dinero serán juzgados ni condenados por el abuso inmisericorde que hicieron del bien común. Se aprovecharon de todos y lo permitimos, y ahora permitimos que no paguen porque todos estamos corruptos. Todos.

El sistema debe invertirse. No se trate de que haya que decir eso de "no hay que buscar culpables". Se trata de que todos somos culpables y aceptamos nuestra parte, pero la responsabilidad no se ha distribuido conforme a lo razonable. Igual que la riqueza está mal redistribuida, también la responsabilidad y la dignidad. Cuanto más subes parece que es lógico que cobres más, sin embargo no aceptamos que eso debe conllevar una mayor exigencia legal, etica y moral que nada tiene que ver con el dinero, o no todo.
Debe ser un sacrificio ascender porque en ese ascenso tomas decisiones sobre más gente. Nadie dijo que cualquiera pudiese ser un gran empresario, político o funcionario. Debe querer, debe saber dónde se mete y por qué. Se le debe exigir al máximo y así sólo serán capaces de significarse como personas dignas de honor.

martes, 9 de marzo de 2010

El paradigma de la empresa (I)

Nadie supo predecir cuándo y cómo colapsaría el capitalismo. Pensábamos que al ser la némesis del comunismo, no podría fallar tan estrepitosamente y nos guiaría con pulso firme hacia el progreso. Que todos sus errores fundamentales se encontraban en las personas y que, poco a poco, se irían haciendo con los mandos los mejor cualificados. Todo esto ha resultado una terrible falacia. Cuando el capital ha sufrido la primera gran sacudida, las vergüenzas del capitalismo han quedado al descubierto.

El comunismo, en sus postulados, pretendía una utopía inalcanzable, transformándose en un monstruo que ha demostrado que no siempre es conveniente soñar lo imposible. La lucha de clases ha enfrentado las fuerzas productivas de una forma beligerante, cuando en realidad todo se trataba de resaltar la necesidad mutua entre el obrero y el burgués. La dialéctica marxista establece una tesis, una antítesis, y una síntesis. Para Marx, era necesario tanto el mundo obrero como el mundo burgués.

El capitalismo, por otro lado, nace a priori con una visión del mundo individualista e insolidaria. Obtener cada vez más beneficios y someter la necesaria competencia. Nace dentro de la legitimidad que nos da la libertad. Si soy mejor, si tengo mejores productos, si tengo más capital, debo obtener más beneficios. Además, tiene una raíz protestante como señaló Max Weber. El éxito es la puerta a la salvación, lo contrario es el infierno del ostracismo social.

Las teorías siempre se han considerado como absolutos. Posiblemente porque la gente que se ha dedicado a desarrollarlas se ha preocupado de mostrar sistemas cerrados, de interpretación más o menos precisa. Pero tomar como absoluto una herramienta de conocimiento, como es una teoría, es un terrible error. Nietzsche es un ejemplo de ésto. El filósofo alemán pretendía acabar con la rigidez de la filosofía canónica a martillazos. Tomar sus postulados como absolutos lleva al nihilismo y desesperación que también arrastraron a su autor.

El problema del capitalismo -con todas sus refundaciones- y el social-comunismo es su valoración en absoluto. Y el miedo a probar cosas nuevas. Sólo nos hemos atrevido a parchear nuestros sistemas políticos y económicos, nunca a replantearnos sus estructuras para atacar sus principales problemas. Posiblemente porque nos aterra la posibilidad de que hubiese una forma mejor y no se nos hubiese ocurrido antes.

Todo sistema político, económico o legislativo debe tener en cuenta la necesidad de una convivencia en comunidad. Así, en los clanes tribales de la prehistoria, la familia era el punto de partida para configurar las relaciones sociales. La familia es nuestra primera experiencia de convivencia y es allí donde aprendemos a guiarnos por un mundo en el que no estamos sólos. Los animales, desde mi profundo desconocimiento de biología y zoología, creo que se encuentran en ese mismo estadio.

En la actualidad son los países los que configuran la convivencia entre comunidades. Sí, formamos parte la UE o de la humanidad en términos universales, y también la mayoría de las políticas que nos afectan están enmarcadas dentro del gobierno autonómico, provincial o local. Pero, generalizando, al final son las entidades nacionales las que detentan el poder. Mientras que la estructura familiar tiende a preservarse, las naciones viven las convulsiones de la historia.

El estado ha dejado de representar una garantía absoluta para los ciudadanos. Los intereses que le acechan son tan fuertes que lo desgarran. El interés común no se puede mantener en una sociedad tan global, fragmentada en cientos de minorías. La búsqueda de un paradigma, en esos términos, está avocado al fracaso. Para lograrlo cada vez serán más inútiles las grandes políticas, que quedarán desmontadas bajo los miles de puntos de vista de cada minoría en liza.

Los gobiernos realizan una labor administrativa necesaria, pero están tan sobredimensionados que no pueden representar un paradigma. La familia sigue siendo necesaria como punto de inicio de cada vida humana, pero tampoco sirve de paradigma, ya que en su diversidad está su riqueza. La solución debe encontrarse en un punto intermediario, que sirva de regulador y canalizador de la convivencia.

Posiblemente el mejor punto de partida sería la educación. Por desgracia, creo que es uno de los puntos en los que estamos fracasando desde hace tiempo. No sé bien por qué, pero creo que es debido a la crisis total en la que vivimos. No existe ningún asidero para el educador y los educandos en el que fijar objetivos. La necesidad de un paradigma se hace aquí también necesario y, tal vez, la educación debería quedar en un segundo punto fundamental.

Actual paradigma.

En la búsqueda de ese paradigma, me he dado cuenta de que al final, todos tenemos razón. Hay que buscar un punto de síntesis que consiga realizarnos tanto individual como colectivamente. Un sistema cerrado, pero capaz de convivir en un sistema abierto. Esto es, un paradigma que no sólo resulte ejemplar, sino productivo. Y lo mejor de todo es que no se trata de inventar nada nuevo, porque ha existido siempre.

La empresa ha sido el estandarte del capitalismo y, en su vertiente estatal, del social-comunismo. Un negocio es una fuerza productiva destinada, no sólo a la obtención de beneficios -creencia errónea de nuestros días-, sino que es un vehículo para lograr la autorealización de las personas por medio del trabajo y una fuente de recursos tanto para el individuo como para la sociedad. Hablando claro, una empresa no es para forrarse. Establecer esto como premisa es la equivocación que nos ha llevado a la crisis total que nos asola. Y es algo que posiblemente nos ha acompañado desde hace decadas e, incluso, siglos.

La empresa es una fuente de sinergias que puede fundamentar, ahora más que nunca, el cemento de la convivencia. Pero hace falta un compromiso verdadero. No estoy inventando nada nuevo, porque los teóricos de la empresa saben perfectamente lo que debería ser una. Otra cosa es que a los que tienen el capital les parezca bien. Porque ese compromiso no asegura prosperidad económica ni perpetuidad en el mercado. Se trata tan sólo de una forma de hacer las cosas.

Si Platón existiera en nuestros días posiblemente optaría por abrir una empresa, en vez de intentar instaurar una república platónica en Siracusa. La empresa es el mejor escaparate de valores, mejor que el arte o la cultura. Porque la experiencia estética, pese a encerrar una gran sabiduría, queda en el campo teórico. Hay que ser prácticos en un mundo donde se busca precisamente eso, la utilidad. Una empresa no puede ser una tumba para el talento, debe ser todo lo contrario.
Concepción extendida de lo que es una empresa.

No estoy de acuerdo con los que dicen que una empresa que necesita maltratar al empleado y al cliente para obtener beneficios. Bueno, depende de los beneficios que se consideren oportunos. Precisamente creo que, cuanto más se reducen los beneficios brutos de una empresa, será más competitiva. Cambiar el paradigma de mayor rentabilidad por el de conseguir una buena empresa, llevaría a cambiar la forma de ver el mundo de la gente.

Pero no debemos creer que se trata de conseguir ser ricos. La empresa no puede dormirse y debe atender a las necesidades que surjan en cada momento, sabiendo cambiar. Y si genera necesidades artificiales, no debe ser para lograr beneficios, sino puestos de trabajo. La sinergias generadas crearán una necesidad de mejor formación, la gente querrá trabajar y progresar. Y así, progresaremos todos.

Pero, ¿cómo lo logramos?

*Nota al pie

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