viernes, 26 de febrero de 2010

Justicia, Ley y culpabilidad (III): Derechos humanos

Eleanor Roosevelt con la Declaración Universal de los Derechos Humanos en castellano. Vía Wikipedia

¿Tiene una persona derecho a una vivienda? ¿A una vivienda digna? Tu vecino, que está en paro, ¿tiene derecho a trabajar? No estudió nada y con la crisis de la construcción le han echado de la obra donde trabajaba. Y tu sobrina, ¿tiene derecho a la intimidad? ¿Aunque todo el mundo sabe que se va con cualquiera? Tu hermano, que es funcionario, ¿tiene derecho al ocio y el descanso? El violador de niños que mató a tu abuela conduciendo ebrio, ¿tiene él derecho a la vida?

Sí, desde el mismo momento que son "personas humanas". Ese término, marcadamente redundante, define a todos los individuos que pueblan el planeta, "sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición". Estos derechos, a diferencia de la Ley Natural, no son dados por ninguna deidad. Son un constructo social, de larga trayectoria, cuya última definición e institucionalización es la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) de 1948.

Esta declaración fue votada por 48 de los 58 estados miembros con los que contaba entonces la ONU. Su universalidad quedó truncada desde el primer momento, al igual que su legitimidad normativa. Desde siempre se nos ha hablado en un lenguaje en el cual priman los derechos. No sólo a la vida, la libertad e igualdad, si no a tener prosperidad y felicidad. El hecho de que la declaración ponga a nuestra disposición sanidad, educación y trabajo, protección ante la exclusión y el derecho a un sistema que garantice estos principios pasa desapercibido.

Derechos para todo. Ilustración de Mauricio Cosío, que pide en su blog que la gente se acuerde de ese 12% de la población que utiliza la mano "equivocada".

Caminar erguido nos proporciona derecho a absolutamente todo, aludiendo a la presunta libertad que nos depara el documento desde hace más de 50 años. La ausencia de cobertuda legal y la realidad, por fortuna, acaba destrozando nuestros sueños de libertinaje, sumiéndonos en una terrible desazón en la que, lo único que tenemos, son los mínimos exigidos por la dichos declaración. Muchas veces no nos damos ni cuenta de que, muchas veces, ni eso. Y más bajo este régimen de "protección ante el terror".

Lo cierto es que el derecho, la posibilidad y legitimidad a reclamar algo como propio, sólo se da en aquellas comunidades donde se ha establecido de ese modo. Me explico: sólo en una comunidad donde esté establecido que todos pueden llevar pajarita, uno podrá reclamar la suya. El problema es que el derecho es "el conjunto de normas que regulan la convivencia social y permiten resolver los conflictos interpersonales", una definición de la wikipedia que nos viene bien, ya que no existe una definición canónica al respecto. Y es que los derechos humanos son exigibles dentro de una "convivencia social" entre humanos. Únicamente.

Por poner un ejemplo el imperio de Malí, que abarcó desde 1235 a 1670, tenía una constitución (Kouroukan Fouga o Carta de Mandén) que intentaba garantizar la prosperidad y la convivencia armoniosa dentro del imperio. Se trataba de un cuerpo normativo que apostaba por el derecho a la vida: "toda vida es una vida", el fin de la esclavitud: "Elimina la servidumbre y el hambre" y las libertades personales: "cada quien es libre de decir, de hacer y de ver". Incluso habla de la defensa del inmigrante: "no maltrates a extranjeros".

En el siglo XIII, al menos en aparencia, vivir en el imperio de Malí estaba bastante bien. Y aunque la vocación de su creador, Sundiata Keïta, (en la foto de la izquierda) fuera universal, la realidad en el resto del mundo era muy diferente. Por ejemplo, en Japón no existió el término "derecho" hasta que su cultura chocó con la occidental. Para ellos el concepto equivalente era "deber". Una visión mucho más activa de lo mismo. Mientras en occidente clamamos desde nuestros asientos por nuestros derechos, los japoneses cumplían con su deber, costase lo que costase.

Lo que ha dado consistencia a nuestros derechos ha sido, sin lugar a dudas, el positivismo de la revolución burguesa. Así, la actual declaración de los derechos humanos se inspira en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano francesa de 1789, inspirada a su vez en la Declaración de Derechos de Virginia de 1776, que inspiro aquel mismo año la declaración de independencia de los Estados Unidos.

Esa cadena de inspiración, sin embargo, no se detiene ahí. El poder normativo de la actual DUDH sólo encuentra sustento de autoridad en su adhesión a las cartas magnas de los diferentes Estados, que incluyen otros "derechos" adicionales, como el de "cuida de la patria" que tenían en el imperio de Malí. Por lo tanto, cuando se viaja al extranjero, hay que tener mucho cuidado con ofenderse y reclamar los derechos, porque ni son universales ni tienen vigencia universal.

No creo que haya que desestimarlos, ya que son una herramienta de entendimiento transnacional que garantiza unos mínimos, un estándar asumible -al menos en teoría- por todo el mundo. Sin embargo el documento, sin la acción gubernamental, se queda en un papel sin poder. Su legitimidad no deja de estar sujeta a la decisión de mutua convivencia, lo cual es una utopía casi realizable. El pragmatismo, el sentido común y la solidaridad deben regir este artificio que, sin la cohesión y voluntad social, no sirve para nada.

Por lo tanto, ¿hay culpabilidad en un mundo en el que las únicas reglas inmutables son las naturales? ¿Dónde queda el bien y el mal en términos absolutos? ¿Quién es culpable, cuál es su castigo y quién tiene la autoridad para llevarlo a cabo? Creo que ese será el final de este periplo.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Justicia, Ley y culpabilidad (II): La Ley Natural



La Justicia es uno de los grandes misterios de la vida. ¿Se trata de un elemento natural? Creo que la gente puede comprender con cierta facilidad que lo que resulta bueno para ella, no tenga por qué resultar igual de buena para los demás. "Para gustos los colores", que diríamos. Sin embargo, cuando algo no sale según nuestros deseos, exclamamos: "¡qué injusticia!".

La Ley Natural

La Ley Natural establece
que existen unos preceptos normativos que surgen de nuestra mera existencia. Ésto es, el hecho de existir conlleva consecuencias. Por ejemplo, el rechazo de lo contrario, la no existencia -dar muerte- y, con ello, preservar la vida. Estoy hablando de un concepto terriblemente abstracto sobre el que se han escrito ríos y ríos de tinta. Santo Tomás -estudie en una facultad tomista, qué le voy a hacer- era un tipo listo, y estableció de forma más o menos canónica unos preceptos:

1. En tanto que sustancia existente el ser humano tiende a conservar su propia existencia.
2. Como animal
el ser humano está diseñado, o más bien destinado, a procrear.
3. Como animal racional, el hombre comprende la verdad y es capaz, por ello, de vivir en sociedad.

Además, la Ley Natural es, desde el momento en que es obvia nuestra existencia y de todo lo que nos rodea, evidente, universal e inmutable. Elemento clave de la teología cristiana, al establecer que el fundamento último de la existencia es Dios, y por lo tanto también de la Ley Natural, ha sido históricamente base para el derecho occidental. La autoridad de los gobernantes, que antiguamente concentraba tanto el poder religioso, como el ejecutivo, legislativo y judicial, venía de Dios. Si querías montar todo un tinglado legal de forma ajena a los desmanes de un tirano, debías fundamentarlo en las mismas bases.

Pero lo que para el teólogo italiano resultaba intuitivamente inefable, para otros resultó ser un producto de la razón humana. De hecho, si bien las leyes de la termodinámica establecen que la energía ni se crea ni se destruye, sino que se transforma, dejando bien claro que lo que es no deja en ningún caso de ser en esencia -atómica, al menos-, sí admite que cambie de forma. La muerte no es más que un cambio de forma de la sustancia física. Y el alma, puestos a teorizar, tampoco se destruye con el asesinato.

El universo es violento, aunque nunca aniquila la materia. Igual la naturaleza del planeta tierra. Los animales hacen mucho más que procrear: se comen unos a otros, se dejan morir en las playas o simplemente, un incremento desmesurado de su población, les lleva a la extinción. Y un animal ejemplar de todo esto es el ser humano. Por mucho que el intelectualismo moral y la visión cándida del mundo dicte que la razón siempre nos guía a lo mejor, lo cierto es que no sólo nos equivocamos, sino que elegimos mal a conciencia. O más que mal, elegimos modos, formas o maneras contrarias a los tres preceptos de la Ley Natural. Sólo hay que ver los índices de audiencia de Sálvame.

El hecho de que la vida te trate mal, de manera permanente e implacable, no es ninguna injusticia, simplemente es el imparable devenir de los acontecimientos. Sin embargo, el asesinar a una persona lo vemos como moralmente reprochable y un acto de injusticia mayúscula. Aunque antiguamente hubiese voluntarios para sacrificarse en altares, o la gente sacrificara cruelmente a sus enemigos. ¿Es por una Ley Natural escrita en el genoma del universo? No, tiene pinta de ser una convención social establecida para preservar la especie. Aquino, el Doctor Angélico, ya lo había dicho. Al fin y al cabo somos animales.

La ausencia de un paradigma de la conducta ejemplar es un gran quebradero de cabeza. Todo sistema legal, al ser humano, será un constructo vulnerable al cambio del tiempo y las convenciones sociales. La Justicia queda sumida en el caos de la variabilidad, al tener que justificarse ella misma. Las atrocidades cometidas por Adolf Hitler,
Iósif Stalin y otros genocidas sólo tienen cabida ante la crisis que supone el fuerte asidero de una justificación universal, evidente e inmutable. Por eso alguien inventó los Derechos Humanos.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Justicia, Ley y culpabilidad (I): Equidad



Antes que nada, dejar claro que mi relación con las leyes ha sido siempre circunstancial, que no soy hombre de derecho, sino sujeto de sus vaivenes. Es ésta una humilde reflexión sobre la Justicia, la Ley y la culpabilidad. Disculpen la imprecisión y la ignorancia, y valoren la buena fe.

La idea más común que tenemos sobre la Justicia tiene que ver con la afirmación "a cada uno lo suyo". Al igual que en el mundo físico, en el que a cada acción le sigue una reacción, nuestras acciones tienen consecuencias en el medio en el que nos desenvolvemos. Sin embargo, mientras que los animales siguen su instinto, nosotros racionalizamos esas consecuencias. Esa racionalización lleva a la abstracción, aplicándolo a muchas otras cosas que la mera causalidad física. Pero sin duda, si algo es fundamental para el entendimiento de la justicia, es la propiedad privada.

Mientras que el instinto de supervivencia preserva nuestra única y más preciada posesión, nuestra vida, existen otras cosas que nos pertenecen de forma diferente. Desde el terreno de un asentamiento hasta las herramientas. El nacimiento de la propiedad privada se preservó gracias a la fuerza bruta, pero la vida en sociedad obligó a establecer una forma de regulación. La comunidad establecía unas pautas y convenciones, que una vez interiorizadas, asegurarían la convivencia. Así el más bruto y fuerte no podía hacerse con lo que quisiera, porque ya no se enfrentaba contra individuos, se enfrentaba con la sociedad.

El problema era el de conpensación. Si te quitan una cabra, no sólo has sido privado del animal, sino que ha sido violentada tu seguridad y tu legitimidad propiedad. ¿Es suficiente con una cabra a cambio? Para Aristóteles la clave de la Justicia estaba en la Equidad. Los justo es algo proporcional, el establecimiento de un equilibrio. No en vano el símbolo de la justicia es una balanza.

Lo justo distributivo se refiere a las cosas comunes, y es siempre conforme a la proporción. Si se hace la distribución de las riquezas comunes, se hará según la razón que guarden entre si las aportaciones particulares. Lo injusto, por su parte, siendo lo opuesto a lo justo, consiste en estar fuera de dicha proporción. Mas lo justo en las transacciones privadas, por mas que consista en cierta igualdad, así como lo injusto en cierta desigualdad, no es según aquella proporción, sino según la proporción aritmética.
Sin embargo es difícil establecer esa proporción promulgada por Aristóteles hace 2.400 años. En Babilona, allá por el 1792 antes de cristo (a.c.), ya tenían cierta noción. El Código de Hammurabi, uno de los documentos más antiguos de tipo legal que se conserva, apunta hacia la igualdad. Por ejemplo, si un arquitecto fabrica una casa endeble y al caerse mata al dueño y a su hijo, habrá que dar muerte tanto al arquitecto como a su hijo. La versión más antigua del "ojo por ojo, diente por diente", recogida en la Ley de Talión de la ley mosaica.

Mas si hubiera muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.
Exodo 21: 23-25
El miedo a los posibles excesos que podrían derivar de este sistema vengativo llevó a que el Talmud matizara esa ley mediante compensaciones económicas. Sin embargo la Ley de Talión es una constante hoy en día. Desde la pena de muerte, mecanismo de legitima defensa de la sociedad -según algunos-, hasta el sistema de venganzas que ha ido escribiendo la historia, siempre ha estado presente.

¿Es legítimo? La pederastia y el abuso a menores, el asesinato, la crueldad y el genocidio, debería ser castigados con una severidad para la que harían falta varias vidas para los culpables. También está el problema de la legitimidad. ¿Quién establece las proporciones? A no ser que existiera un codigo legal universal, evidente e inmutable, sólo un ser omnipotente podría ser capaz de crear dicho elemento. En ambos casos, una Ley Natural.

jueves, 8 de octubre de 2009

No al recorte del presupuesto de I+D

Parece que han querido sustituir cerebros por ladrillos... Y los que aspirábamos a investigar, a hacer lo que realmente nos gusta, nos vemos en la calle. Negro futuro le espera a este país.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Impuestos y responsabilidad social

Cuando pagamos impuestos estamos pagando por unos servicios. No sólo para nosotros, también para todos los que nos rodean. El impuesto ha sido demonizado al igual que el colegio. Los niños no quieren ir al colegio, porque los mayores decimos "¡ya veras!". Y los padres no quieren pagar impuestos, porque le dicen que no siempre utiliza los servicios por los que paga. Pero el colegio, al igual que la formación académica, es determinante para la persona que queremos ser en el futuro. Los impuestos es igual, ya que determina la sociedad que queremos en el futuro.

El capitalismo hunde sus raices en el protestantismo. Sólo los mejores podían redimirse ante Dios, por lo que el trabajo era el único instrumento válido para alcanzar el cielo. La prosperidad y el éxito económico eran reflejo de la pureza. El capitalismo bebió de ahí, para establecer un sistema en el que cuanto más prosperabas, más derechos tenías. Si tienes mucho dinero puedes permitirte un colegio privado para tus hijos, un seguro médico privado, una urbanización privada con seguridad privada. Y lo merecerás todo, ya que el que no se lo pueda permitir no habrá luchado lo suficiente. O habrá tenido mala suerte.

Sin embargo, si apostamos por un sistema impositivo inteligente, tendremos una sociedad en la que las diferencias sociales no sean tan abismales. Una sociedad mejor favorece incluso a los ricos. Un rico que pague más impuestos y beneficie a sus vecinos, no tendrá que temer que la situación de estos afecte a la suya. Si los hijos de éstos reciben una buena educación, es probable que no se entretengan en importunar su acomodada existencia. Si tienen una sanidad satisfactoria, probablemente no tendrá que tener miedo de la extensión de gripes. Si financia el transporte público, aunque él vaya en su coche, no tendrá que tener miedo a que un coche que no esté en condiciones o un autobús sobrecargado se accidente con él. Y, además, nunca se sabe si las tornas pueden cambiar.

La educación, la sanidad, el transporte, las carreteras... no son gratuitos. No pagamos impuestos y luego, de gratis, nos ponen todo eso. Lo pagamos todos. No se trata de ser vagos, como quien va a mesa puesta. Los que critican la sociedad del bienestar se ceban en que al final, lo que creamos, son parásitos sociales. Pero si somos conscientes de que cada euro que pagamos revierte en nuestra sociedad, que podemos exigir que nuestro dinero se utilice de manera eficiente, las cosas cambiarían. Tendríamos menos dinero, pero no por ello menor poder adquisitivo, porque no tendríamos que preocuparnos de muchas cosas.

El problema es que quien gestiona los impuestos es un inútil, y lo aceptamos. El problema es que nunca pensamos en los problemas cuando se presentan, y pensamos que nunca necesitaremos costearnos un carísimo tratamiento para el cáncer. Nunca nos dejará tirado el coche y tendremos que recurrir a los transportes públicos y a carreteras estatales. Y definitivamente, olvidaremos nuestra responsabilidad social.

viernes, 12 de junio de 2009

La Democracia Directa

En este país, a todo el mundo le gusta ser "democrático". Tenemos actitudes democráticas, pensamientos democráticos, deportes democráticos e incluso jefes democráticos. Si le preguntamos a cualquiera con qué conceptos relaciona la democracia, directamente pensará en la libertad o la igualdad. Por tanto, si somos tachados de democráticos seremos personas que defienden unos puros valores. Amén.

Sr. Bush en una Asamblea General de la ONU

Ya hemos discutido en anteriores ocasiones lo ambiguo que es el concepto de libertad, y lo mismo podríamos decir sobre la amada igualdad. Estas palabras tienen efectos prácticos muy distintos dependiendo de cómo las interpretemos, y de los límites que se les establezcan. Lo mismo ocurre con nuestras actitudes democráticas, porque el sistema al que estamos acostumbrados no es la única forma de democracia existente.

El tipo de democracia que más se utiliza es la democracia representativa. Como el nombre indica, se trata del sistema en el que se delega el poder en una o varias personas escogidas, y es al que todos estamos acostumbrados. En este caso, los interesados se limitan a elegir representantes para que estos deliberen y tomen las decisiones. Por tanto, el electorado debe confiar en las capacidades y buenas intenciones de los delegados.

En el otro extremo aparece la democracia directa. En este caso, el conjunto de personas interesadas participan en una reunión o asamblea, exponiendo sus propuestas y tomando las decisiones en equipo. Sí, como cuando nuestra cuadrilla de amigos tiene que decidir dónde ir a cenar. No resulta fácil, ¿verdad?

Como es lógico, para que esta filosofía tenga alguna utilidad práctica se debe utilizar un conjunto de mecanismos y reglas. El principal objetivo suele ser alcanzar la decisión por consenso, y sólo se recurre a la votación en el caso de que el consenso no sea posible o se trabaje con decisiones rutinarias o "sencillas". Existe la figura del delegado, pero se dice que es una delegación revocable: el delegado debe seguir las directrices y decisiones de la asamblea, y en cualquier momento puede ser destituido de su cargo.

El verdadero problema reside en la propia definición de consenso, y en la forma de alcanzarlo. Un sistema de toma de decisiones debe ser eficiente en tiempo y recursos, o las decisiones llegarán tarde o jamás se decidirá nada. Las decisiones unánimes (en las que todo el mundo, o casi, está de acuerdo) son muy difíciles de alcanzar. Además, una decisión unánime puede alcanzarse mediante simple poder persuasivo (retórica o amenaza) e incluso impaciencia, y no mediante un verdadero razonamiento. Eso sí, la discusión abierta permite a las personas que mejor conocimiento tienen del tema utilizar sus argumentos para influir en las decisiones. Esta es una de las razones por la que la democracia directa se utiliza en proyectos complejos, donde es necesaria la experiencia de muy diversos especialistas.

Sobre cómo alcanzar el consenso poco se ha escrito, y cada asamblea suele emplear un método distinto. Hay que tener en cuenta que dependiendo del número de participantes y el ámbito de la discusión, algunos mecanismos son más efectivos que otros. Eso sí, en toda asamblea suele existir un responsable o facilitador que tiene la responsabilidad de llevar el proceso a buen término. Un método que me ha llamado la atención ha sido el uso de tarjetas de color. Se pueden usar tanto para la discusión como para la decisión [wikipedia]:

Para la discusión:

El miembro del grupo que desean hablar, levanta una tarjeta.

  • Una tarjeta verde significa «tengo algo que decir» o «tengo una pregunta». Cuando varios miembros del grupo sostienen una tarjeta verde, los que quieren hablar, son apuntados en el orden en que surgen. Cada persona habla en su turno, de forma similar a la toma de decisión cuáquera de consenso.
  • Una tarjeta amarilla significa «puedo aclarar» o «necesito que me aclaren» (de lo que se ha dicho).
  • La tarjeta roja es una tarjeta de proceso. Cuando se levanta la tarjeta roja pide a los miembros que observen o presten atención al proceso. Por ejemplo un individuo que levanta una tarjeta roja podría decir: «aquí nos estamos saliendo del tema», «¿cuál es nuestro objetivo al hacer esto?» o «¿qué les parece si tomamos un receso?». Les da a todos los miembros oportunidad por igual de ser facilitadores.

Para la decisión:

Después de la discusión, el facilitador articula una propuesta y hace un llamado para que muestren sus tarjetas.

  • La tarjeta verde significa: «estoy de acuerdo».
  • La tarjeta amarilla significa: «me abstengo» (no me opongo pero no lo apoyo).
  • La tarjeta roja significa: «no estoy de acuerdo, pero estoy dispuesto a trabajar para encontrar una forma mejor, tomando en consideración lo que se ha dicho por otros miembros del grupo». De esta manera el sostener una tarjeta roja no detiene el proceso, significa que la persona que la sostiene va a trabajar con los demás en el asunto en cuestión para traerlo a una junta posterior. Esto asegura que las tarjetas rojas no sean usadas a la ligera.

Si el lector conoce otros mecanismos o ha participado en asambleas, estaríamos muy contentos de que compartiera su experiencia.

Como puede verse, este método es efectivo en la medida en que se toman decisiones de ámbito local. No tiene sentido que en una asamblea se tomen decisiones que no impliquen directamente a los participantes. Por tanto, las instituciones que utilizan la asamblea para la toma de decisiones a nivel nacional (como la CNT), están organizadas de forma federal o confederal. Lo que esto significa es que los organismos federados delegan ciertos poderes a un organismo superior, pero conservando su autonomía para algunas competencias (la confederación tiene un poder central más limitado que la federación). Estas delegaciones, idealmente, son revocables desde la base y representan de una forma efectiva a la asamblea que los ha elegido. Los delegados constituirían otra asamblea de carácter más global (que se encarga de asuntos más generales), y así sucesivamente. Cuantos menos "escalones" necesite la federación para ser gobernada, la democracia será más directa.

La importante paradoja que aparece en este punto es que, cuantos más participantes tenga el sistema, el escalonamiento se vuelve mayor, por lo que una mayor delegación es necesaria (la democracia se vuelve más indirecta). Sin embargo, para garantizar que se defiendan los intereses de todos los implicados, su participación directa es indispensable... Como cuando los colegas deciden ir a cenar a un sitio caro, y nosotros -sin un duro- no podíamos discutir porque estábamos estudiando. ¡Una pena!

martes, 9 de junio de 2009

Gobernante


El pasado 4 de junio Barack Hussein Obama pronunció un discurso en la Universidad del Cairo. En ese discurso citó el Corán con la autoridad que le da ser descendiente de musulmanes -por parte de su padre keniata-. El gesto, que puede parecer anecdótico o un simple gesto al mundo islámico, es en realidad una traición a uno de los grandes valores de su país: el cristianismo.

El gobernante de una nación no es comprendido como un gestor, con una identidad libre y un sistema propio de valores, actitudes y opiniones. Seguimos encerrados en la mentalidad medieval de que el dirigente es representante de todos los valores de la nación, lo que es un gran problema de legitimación. ¿Son siempre los dirigentes símbolos de los pueblos que rigen? ¿Es necesario?

En Egipto el faraón era un dios, al igual que en Roma o Persia, que representaba su imperio. Todos los pueblos han tenido un caudillo representante de sus valores, pareceres y manías. Al igual que un macho dominante en la naturaleza, jefes de tribu, reyes, emperadores y gobernantes legitimaban su poder en el hecho de ser garantes de esa esencia, encerrada en la sangre. "El primer dirigente era un paradigma de nuestra nación, yo como su hijo, soy parte de ese linaje y también represento este pueblo".

La sangre es traicionera, así que siempre hubo gente dispuesta convertirse en garantes de la nación y deshacerse de aquellos que no cumplían los requisitos "esenciales". La figura del dictador, prohombre dispuesto a salvar a la pequeña humanidad nacional, transformaba la sociedad según su visión, invirtiendo los papeles. El dirigente ya no era símbolo de lo que era el pueblo, más bien al contrario.

Ahora la duda se impone. Decir que Berlusconi es símbolo de la Italia actual no sé si sería un piropo retorcido o una realidad lamentable. Los borbones, venidos de la vecina Francia, tampoco parecen los más indicados para representar la imposible y heterogénea esencia española. Ni nuestro monarca florero ni el resultado de una democracia bipartidista. ¿Unas veces somos un tipo de español y otras veces otro?

El dirigente de un país, según Aristóteles, debe asegurar un buen gobierno. Da igual de dónde sea o cómo sea, lo que debe hacer es procurar hacer lo que "deba hacerse". Reconversión industrial, dejar hundirse a los bancos, subir impuestos o declarar la guerra. El gobernante debe tener criterio, debe saber sobre sus funciones y las demandas del pueblo -siempre que sea oportuno-, y sobre todo, debe de tener el respaldo del pueblo. Puede equivocarse, pero ahí también debe saber rectificar y pasar el testigo. Y es que ser gobernante es muy difícil.

En la actualidad no existe confianza en los políticos, no se atienden a las demandas del pueblo jamás y los gobernantes no saben gobernar. El criterio, y ya lo decía Aristóteles, está pendiente de prometer lo que la gente quiere, no lo que necesita -y encima no cumplirlo-. Es mejor cumplir las promesas a los que financian las campañas electorales. Así tenemos políticos prometiendo pleno empleo desde a las puertas de una crisis global, prometiendo revocar leyes que seguramente no revocarán o pidiendo el fin de la monarquía con cuatro millones de parados.

Es triste comprobar la deriva de los gobiernos del mundo. En Irán se empieza a cuajar una revuelta popular que amenaza con desestabilizar aún más la región tras unas elecciones que muestran la división entre el mundo rural y el urbano, incluso en los países musulmanes más o menos radicales. Y esto justo después que el presidente del país que declaró la guerra al terror en nombre de Dios, coquetée con el Islam.

Deberíamos sorprendernos de que Obama intente gobernar de forma correcta, no del color de su piel. Su discurso no fue algo fácil -piensen en Texas-. Pero tan importante como el gobernante, son los gobernados. Y ahí, hoy, no veo solución.


*Nota al pie

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