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lunes, 11 de marzo de 2013

¿Qué nos pasa?

Skyline de Frankfurt, cortesía de la wikipedia
Para encontrar la solución a un problema lo mejor es definir bien de qué se trata. Si nosotros vamos al médico y le decimos "me duele ahí y es un dolor un poco así", probablemente no podrá hacer un diagnóstico efectivo. De igual modo, cuando el médico va a aplicar un tratamiento, no vale con que diga "le vamos a amputar la pierna porque tiene un dolor así así y tiene una pinta mala mala". Si la pierna nos lo permite, saldremos corriendo. Y es así con prácticamente todo. Si queremos solucionar un problema hay que analizarlo bien y aplicar las medidas oportunas.

Algo parecido está pasando en Europa y en nuestro país. Al parecer los españoles, junto con el resto de europeos de segunda, sufrimos un problema de deuda. Esto es el equivalente a un "dolor de cabeza". El diagnóstico ha sido que los países están muy endeudados, tanto a nivel público como privado, por lo que hay que reducir esa deuda y asunto solucionado. Con esa simpleza despacha el problema nuestro presidente honorario el notario Brey. Te puede doler la cabeza por una gripe, por una migraña, por estrés o por un tumor, pero los sabios europeos y mundiales han decidido que eliminando el síntoma se elimina el problema. Hay que reducir el déficit, y entonces, todo volverá a ser como antes.

Bien, pero ¿cuál es el problema real? Decir que los abultados déficits de la zona euro son un problema aislado lleva irremediablemente a una visión paternalista del problema. Unos países han "vivido por encima de sus posibilidades" y han arrastrado a sus compañeros a la recesión e incertidumbre. Los vagos españoles, los irresponsables italianos, los codiciosos irlandeses y los débiles portugueses. Y los griegos, que son el epítome de todos los pecados de la crisis. Incluso los vanidosos franceses, con todas esas vacaciones y esos privilegios de la sociedad del bienestar, son mirados con suspicacia.

Y así es como se está escribiendo la Historia: la crisis tiene países buenos y países malos. Por supuesto, como en todo relato maniqueo, los malos son castigados para que vuelvan a la única senda posible: la del crecimiento. ¿Qué es el crecimiento? Pues, llana y sencillamente, pagar tus deudas. Quedan lejos los años en los que Alemania y Francia rompieron el pacto de estabilidad presupuestaria europeo, que establecía unos límites rígidos de déficit, con la justificación del crecimiento. "Miren, si no nos endeudamos, no podemos crecer" dijeron. Y nosotros dijimos "vale". España, por cierto, cumplió todos los pactos de estabilidad presupuestaria porque crecía gracias a otra cosa, a cierta burbuja.

Como en todo hay que tener en cuenta diferentes opiniones. Y tiempos. Hace diez años la economía alemana estaba gripada. Aunque el ciclo económico era expansivo, el paro subía. A esto se añadía la competencia de las potencias emergentes, países a los que la sociedad del bienestar no había llegado (bendito FMI) y por lo tanto se podía producir sin el estorbo de legislaciones ni normativas y de un modo mucho más rentable. De hecho, la mayor máquina exportadora mundial es una dictadura. Una dictadura como las de Corea del Norte, Cuba o la antigua URSS. Así que Alemania se veía ante un grave dilema: renunciar al bienestar o encontrar la manera de devaluarse para volver a ser competitivos.

Alemania optó por una medida intermedia: devaluar a sus ciudadanos. Los planes Hartz fueron la solución ideal para conseguir reducir el paro y mantener la fachada, mientras que se habría una brecha laboral sin precedentes. Millones de personas viven ahora gracias a subsidios (el Hartz IV) mientras que los derechos laborales de los nuevos trabajadores son inferiores a los que consiguieron los contratados antes de la crisis. Ellos comenzaron con estos planes hace 8 años, por lo que puede decirse que fueron alumnos aventajados de la clase.

Mientras los alemanes se apretaban el cinturón y se "sacrificaban" (palabra con gran predicamento en nuestros días) los países de la perifería vivían en una orgía crediticia. El crédito fluía y los gobiernos, empresas y particulares aprovechaban sus ventajas. No eran tan previsores como los alemanes, que como las hormigas del cuento, habían comenzado a maquillar su economía para los años venideros. Alemania también puso el cazo dentro del bacanal crediticio y se dispuso a sacar pingües beneficios, porque no eran tontos. Al fin y al cabo no se preparaban para la crisis, se preparaban para un nuevo escenario global.

Cuando todo saltó por los aires y los griegos se sacaron los bolsillos fuera del pantalón muchos no quisieron creerlo. No porque no fuera a pasar, no eran estúpidos, eso era algo inevitable. Sino porque fue demasiado pronto. Demasiado cerca. A los buenos alemanes no les había preocupado engordar con crédito barato a la periferia mientras se dedicaban a desmantelar los logros de décadas de lucha y sufrimiento dentro de sus fronteras. ¿Qué iban a hacer ahora? Se habían pillado los dedos con sus bancos.

Europa miró a Alemania, la economía más potente de la zona, para ver qué había que hacer. Y la canciller Merkel hizo lo que hacen los líderes que quieren seguir siéndolo: salvar el culo a los bancos alemanes, y en general, a Alemania. Bajo su autoridad moral, refrendada por su crecimiento y su menor paro gracias al maquillaje de los Hartz, se decretó en Berlín que el déficit era el problema y que había que instaurar el dogma de la austeridad. ¿Para crecer? No, para que se pagaran las deudas. "Quieto todo el mundo, pagad lo que se debe o aquí va a haber problemas".

El celo recaudador de Alemania, y del resto de prestamistas que habían jugado a la ruleta rusa de inflar la deuda, fue saltando bancas por Europa. Irlanda, Portugal, España e Italia no tardarían en sumarse a la tragedia griega con diferentes modalidades: intervenciones de la Troika, bancos malos, gobiernos tecnócratas o rescates a la banca. Y por supuesto recortes. Aquí en España se decidió que el dinero debía ir prioritariamente a pagar la deuda, no a la sociedad, no al país. Y comenzó la recesión inevitable que ha amenazado incluso con acabar con el Euro. El empobrecimiento de millones de personas se justificaba porque los acreedores debían ver sus deudas resarcidas. La deuda por encima de las naciones.

¿Son los alemanes los malos? ¿Lo son los griegos?. Si miramos los papeles oficiales podemos decir que Alemania lo ha hecho bien. Poco paro, crecimiento hasta hace poco y una buena posición exportadora que la hace poco vulnerable a la deuda. Por supuesto, eso no es nada si comparamos a Alemania con China. China lo ha hecho excelentemente. Sin embargo yo no querría vivir en China, principalmente porque estoy a favor de los derechos humanos.¿Cuáles son los parámetros para calificar a un país? Desgraciadamente ya no se trata de lo que diga la gente, sino un puñado de cifras.

China es al mundo como Alemania a Europa. Es el nuevo motor de la economía y ante el que responden los líderes mundiales. ¿Censura? ¿Torturas? ¿Abuso medioambiental? Es nuestro amigo de oriente. No en vano es uno de los mayores, sino el mayor, poseedor de deuda externa de los países del mundo. Y es que el déficit y las deudas se contraen en los mercados financieros con agentes de lo más pintoresco. China, una dictadura pseudocomunista que no respeta derechos humanos, los Emiratos Árabes, con su entrañable feudalismo, o los Fondos de Inversión de Riesgo, prestamistas que controlan las agencias de rating y que no responden ante nadie, entre otros. La economía mundial está en las edificantes manos de estos sujetos.

Durante décadas los mercados financieros han ido generando cada vez mecanismos más opacos de inversión, lo que ha hecho cada vez más rentable operaciones de dudoso gusto. Claro, existe la creencia de que "ganar dinero" es igual a "bueno", por lo tanto estas operaciones quedaban justificadas desde el mismo momento que daban dinero. Miremos a Valencia un momento. Todo el mundo sabía que se robaba y se tiraba el dinero en las letrinas de Calatrava, pero se vivía bien con la Fórmula 1, la especulación inmobiliaria y la cultura del pelotazo. O a Jesús Gil en Marbella. Era dinero sucio, pero al fin y al cabo, era dinero. Y dinero es lo mismo que bueno. Si te quitan la dignidad, aún tendrás dinero. En este país, en este mundo, si te quitan el dinero, has perdido todo.

Por lo tanto es absurdo señalar como culpables a estos agentes ya que, al fin y al cabo, y aunque nos pese, hemos sido nosotros los que hemos picado en su anzuelo alegremente. No quiero que se me malinterprete, no estoy culpando a Alemania, China o a Soros de haberle quitado el trabajo a mi vecino, sólo busco explicar (explicarme) cuál es el verdadero problema que nos atenaza. La deuda es sólo un síntoma de un problema mucho más profundo del que nadie se está ocupando.

Miremos a Reino Unido. No vive sus mejores horas con una deuda pública galopante y con la vieja gloria del imperio haciéndose una carga cada vez más pesada. Sin embargo capea el huracán como puede. ¿Gracias a un sistema productivo y exportador como el alemán? Realmente no, el sector industrial vive un gran declive en las islas debido a la competencia asiática y el precio de las materias primas. Su secreto es el sector terciario, y en concreto, sus bancos. La City de Londres es la capital europea en la que se mueve mayor cantidad de capitales y sus servicios financieros aportan un 28% de la generación de valor del país.

Los ingleses y escoceses (Edimburgo es la segunda capital financiera del país) se prepararon, al igual que los alemanes, para el mundo actual. Sin embargo el futuro para ellos no está en el control de los bienes, sino en manejar directamente el dinero. Sale más rentable ser un pirata en el atlántico que gastar tiempo y energía en administrar las américas. Al fin y al cabo, el negocio de la banca no es más que un negocio de intermediación. Más seguro, mas rentable y más cómodo que las expediciones coloniales. Y que hasta hace bien poco tenía mucha mejor imagen.

Y es que ha sido la banca el gran motor del mundo. Con su innegable capacidad de producir dinero de la nada, a algunos se nos olvidó la necesidad de asentar la riqueza en bienes reales. El sueño de un mundo con una tendencia a la riqueza infinita se fraguó en las oficinas de ricos ejecutivos que pensaron que morirían mucho antes de que la gente se diese cuenta de su insostenibilidad. De la escala de la gran estafa piramidal que supone nuestro sistema financiero.

"Podrás ser lo que quieras amiguito" parecía decir el optimismo rabioso que impregnaba todo. "Puedes confiar en nosotros, encontramos el puchero lleno de oro al final del arcoiris" escribian en sus cuentas de resultados, y todos nos lo creíamos. Cómo no creer en la magia, por adulto que seas. Cualquiera podía hacerse asquerosamente rico sin esfuerzo y sin molestar, había dinero para todos. Quien tenía una casa tenía un tesoro. ¡Qué más daba un poco de corrupción! Los países ricos estábamos condenados a ser ricos hasta que la tierra reventara, y hasta entonces teníamos tiempo.

Es notable nuestra ceguera durante años y décadas. El FMI y el resto de instituciones internacionales intentaron extender el negocio por todo el globo. Claro, no consideraron que los derechos sociales y las conquistas laborales habían sido una pieza fundamental de nuestro progreso. Así se produjo la deslocalización para ahorrar costes al primer mundo, mientras que los salarios miserables y el deterioro medioambiental era vendido a diferentes líderes como "el futuro" para sus ciudadanos. Esos países que hicieron sus deberes en busca de nuestro estatus son los que ahora llamamos potencias emergentes, y es hacia donde ahora dirigimos nuestra mirada.

Se me podrá acusar de sectario, pero cualquier oportunidad de un modelo eurpeo en latinoamérica fue erradicado a base de dictaduras pagadas con dólares y populismo de garrafón. Asia se convirtió en la gran fábrica de occidente y los africanos no fueron ni siquiera considerados dignos de convertirse en algo más que una fuente barata de recursos sin fin. Mientras los misioneros intentaban enseñar a leer y a escribir entre las balas y fuegos de la guerra, las instituciones internacionales regulaban un mundo en el que las personas carecían de importancia.

"Hay que trabajar más y cobrar menos". "Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades". "Habrá que hacer sacrificios". Escuchamos estos lemas de la política actual y nos entra un regusto amargo en la boca. "No hay dinero para los servicios públicos". "La gestión privada es más eficiente y menos corrupta". "Hay que acostumbrarse a pagar por los servicios (refiriéndose a servicios públicos)". La indignación ante esta apisonadora que pretende acabar con todos los logros conseguidos hasta ahora sale a la calle en forma de marea. Pero otros llevan sufriendo estas medidas, sin siquiera conocer los privilegios que aún disfrutamos, desde hace décadas bajo el dictado de instituciones que llevan nuestro nombre.

Ahora que la burbuja se ha roto, que despertamos con la resaca de una ficción demasiado oportuna para ser real, miramos cómo quieren devaluarnos para poder encajar en un mundo que llevamos configurando desde hace mucho tiempo. Las guerras televisadas, las hambrunas, la plaza de Tiananmen, la desolación en las repúblicas exsoviéticas, la inmigración, la tecnología barata, la deslocalización, la especulación, el tráfico de personas y mercancias, el calentamiento global, las pateras, la corrupción, el fanatismo y el miedo son otros síntomas del mundo que hemos creado.

La globalización es un hecho, no un plan de un ente maligno e interesado que busca dominarnos. Es un resultado, y eso hace que nuestras vidas queden entrelazadas con las de nuestros vecinos a miles de kilómetros. Todo lo que ha pasado por nuestra televisión, y sigue pasando, no es un proyecto premeditado por alguien, es el producto de décadas en las cuales la vida humana ha ido devaluándose bajo criterios que nada tenían que ver con ella.

La crisis de deuda europea, así como las soluciones propuestas, no son más que una vuelta más de tuerca. Primero creamos naciones de Todo a cien para nutrir nuestros mercados, y ahora somos nosotros los que debemos renunciar a todo lo que buscábamos defender entonces para seguir alimentando el progreso. "Vivirás peor que tus padres" no significa otra cosa que "vivirás igual que han estado viviendo muchos otros para mantener tu nivel de vida". Efectivamente, viene a ser "pagarás las deudas de tu padre".

A estas alturas del partido es posible que estemos un poco confusos. A mí me entran muchas ganas de ir explicando por qué el modelo no funciona... ahora que me afecta a mí. Parece mentira que ahora haya que renunciar a tantas y tantas cosas. Dan ganas de que el sistema aguante unos años más, un par de décadas, para que el marrón se lo lleven otros. Eso es posiblemente lo que pensaban los líderes mundiales al proponerse "refundar el capitalismo" y aplicar a sus ciudadanos "medidas temporales".  Aguantar el tirón sin sufrir las consecuencias que nuestra desidia (suya y nuestra) ha provocado.

¿Cuál es, pues, el verdadero problema? Probablemente uno complejo y multidimensional, que no se soluciona con dietas milagrosas y que implica a tantos agentes como piezas hay en el tablero, esto es, a todos. Uno que no tiene culpables claros y que sí tiene millones de víctimas. Uno que requiere mucha más fuerza, carisma e inteligencia que la que reunen, entre todos, nuestros actuales líderes. Nuestra enfermedad es un proceso muy avanzado, que hemos ayudado a desarrollar, y que muchos no van a querer parar. Las ventas de artículos de lujo se han disparado mientras algunas empresas obtienen beneficios record.

Lo aquí expuesto no son más que un puñado de tópicos reunidos con mayor o menor fortuna, pero creo que presenta un cuadro bastante más preciso de la situación a la que nos enfrentamos que la que se encuentra en los análisis de nuestro gobierno o entre los enrevesados tecnicismos de los economistas. El hombre ha dejado de tener valor para el hombre, ya no es un fin y ya no merece respeto. Y es algo que lleva pasando desde siempre, sólo que ahora nos ha tocado enterarnos a nosotros.

¿Seremos capaces de cambiarlo? ¿O acabará siendo un "sálvese quién pueda"? Posiblemente yo no sea el facultativo adecuado para responder a estas preguntas.

jueves, 15 de diciembre de 2011

La responsabilidad en la gestión pública, ese concepto

 
Hace un año Juan Manuel de Prada explicaba con sencillez los beneficios de la especulación sobre el terreno público. Decía que si un Ayuntamiento tenía un terreno que valía 200 millones y era vendido por 150 a un amigo para quedarse dos de ellos el concejal, eso que se quedaba el concejal. Además el constructor podía construir pisos al precio del mercado y ganarse un dinerillo, y la gente podía comprarse casas al precio de mercado, que es lo natural. ¡Salían ganando todos! ¡Lo demás era envidia! ¡Cómo podían pretender que ahí hubiese algún daño!

Sin embargo detrás hay una demagogia, manipulación y mentira que serían abrumadoras si hubiesen salido de otra pluma. En JMdP es normal. Y es que lo público no es que no sea de nadie; el dinero que sale de ahí no mana de la misma tierra, es de todos. Es una creencia común y extendida que lo "público" no es de nadie o, si lo es, no tiene ningún valor. Por eso cuando "paga el estado" se puede despilfarrar porque ese dinero surge por generación espontánea.

El Estado, como Hacienda, somos todos. Cuando pagas un café, echas gasolina, tomas un cubata o presentas tu declaración de la renta estás pagando al estado y sus articulaciones -autonomías, municipios, ayuntamientos- para generar una serie de servicios que hacen la vida en la sociedad más cómoda y segura. Basado en la solidaridad, un engendro humano de valor incalculable, propiciamos un entorno de bienestar en el que realizarnos como personas. Ésto suena ñoño, pero no deja de ser cierto.

Pero nuestros impuestos y tributos no son suficientes para garantizar todos los servicios. Somos dependientes del exterior energéticamente y además tenemos que importar materias primas, nuevas tecnologías y debemos contribuir al conjunto de la sociedad mundial. Para eso el Estado, como una comunidad, pide préstamos con los que financiar sus inversiones en el conjunto de la comunidad y responder a sus compromisos.

Ahora bien, como toda comunidad solidaria, cada uno intenta aportar su grano de arena que debe constituirse en necesario y positivo. Ahí dentro también se enmarca la iniciativa privada, que no deja de estar dentro de una sociedad. No habría empresas si no hubiese una sociedad de personas. Por eso los gestores privados también tienen una responsabilidad con lo público. El hecho de apostar por un modo o una opción de aporte social de forma privada no exime de una responsabilidad hacia lo público. No tiene sentido ser pez en un charco y vender el agua.

Los grados de responsabilidad pública tienen que ir con lo que cada uno aporta. La persona asalariada sólo puede responder de un porcentaje limitado dentro de sus márgenes de maniobra. El empresario tiene una mayor responsabilidad al tener que tomar decisiones mucho mayores. Y el político y el funcionario, como servidores públicos, han de enfrentarse al deber de hacer que el sistema funcione sin dejar a nadie atrás. Esto no implica mayores derechos ni privilegios, porque todos somos iguales dentro de la diversidad. Esta igualdad tiene numerosos defectos, pero una gran ventaja, evitar desniveles y escalones en la vida social que entorpecen el progreso. Primero igualdad para que haya auténtico progreso.

No obstante el mundo ha funcionado perfectamente al revés. La responsabilidad y los sacrificios han recaído sobre la mayoría mientras que aquellos que tenían que tomar las decisiones más importantes quedan eximidos. Las razones de ésto dan para muchos posts como éste, pero aquí lo que me importa son las consecuencias. Consecuencias que no sólo sufren millones de parados, también la sufren millones de seres humanos en países del tercer mundo y lo sufre el medio ambiente -que también, qué curioso, es de todos-.

El 14 de septiembre de 2008 se corrió el telón que escondía las bambalinas del gobierno mundial. Y lo que había ahí era un monstruo engendrado gracias a la ambición y la irresponsabilidad de los máximos responsables del mundo. Tras condenar a Irak a una guerra civil sangrienta y al miedo al resto en nombre de los valores de la democracia tras otro fatídico septiembre, resultaba que al final todo se resolvía en dinero. Ingentes cantidades de dinero que fluían sin control y ciegas. Los único valores que cotizaban en la sociedad eran los que cotizaban en la bolsa. Nada más.

¿Consecuencias de aquello? Para el mundo una crisis en las raíces de su crecimiento. El capitalismo había demostrado que también tenía capacidad para devorarse a sí mismo. Sin embargo, la ausencia de alternativa condenó al mundo a una premisa que marcaba el precedente más peligroso del mundo: Too Big To Fall, demasiado grandes para caer. Significaba que el mundo claudicaba ante el sistema y no buscaba mayor solución que su supervivencia, aunque fuese a costa de todo lo demás.

Los gobernantes y banqueros, los empresarios sin escrúpulos que se cobijaron a su sombra, y los ciudadanos que asumieron de forma acrítica y anestesiada el crecimiento sin preguntarse por su estructura fueron y son culpables. Sin embargo el pago de la factura sólo lo paga aquellos cuya responsabilidad era más limitada. Ciudadanos, pequeños y medianos empresarios. Ningún gran banquero ni los políticos que despilfarraron nuestro dinero serán juzgados ni condenados por el abuso inmisericorde que hicieron del bien común. Se aprovecharon de todos y lo permitimos, y ahora permitimos que no paguen porque todos estamos corruptos. Todos.

El sistema debe invertirse. No se trate de que haya que decir eso de "no hay que buscar culpables". Se trata de que todos somos culpables y aceptamos nuestra parte, pero la responsabilidad no se ha distribuido conforme a lo razonable. Igual que la riqueza está mal redistribuida, también la responsabilidad y la dignidad. Cuanto más subes parece que es lógico que cobres más, sin embargo no aceptamos que eso debe conllevar una mayor exigencia legal, etica y moral que nada tiene que ver con el dinero, o no todo.
Debe ser un sacrificio ascender porque en ese ascenso tomas decisiones sobre más gente. Nadie dijo que cualquiera pudiese ser un gran empresario, político o funcionario. Debe querer, debe saber dónde se mete y por qué. Se le debe exigir al máximo y así sólo serán capaces de significarse como personas dignas de honor.

martes, 9 de marzo de 2010

El paradigma de la empresa (I)

Nadie supo predecir cuándo y cómo colapsaría el capitalismo. Pensábamos que al ser la némesis del comunismo, no podría fallar tan estrepitosamente y nos guiaría con pulso firme hacia el progreso. Que todos sus errores fundamentales se encontraban en las personas y que, poco a poco, se irían haciendo con los mandos los mejor cualificados. Todo esto ha resultado una terrible falacia. Cuando el capital ha sufrido la primera gran sacudida, las vergüenzas del capitalismo han quedado al descubierto.

El comunismo, en sus postulados, pretendía una utopía inalcanzable, transformándose en un monstruo que ha demostrado que no siempre es conveniente soñar lo imposible. La lucha de clases ha enfrentado las fuerzas productivas de una forma beligerante, cuando en realidad todo se trataba de resaltar la necesidad mutua entre el obrero y el burgués. La dialéctica marxista establece una tesis, una antítesis, y una síntesis. Para Marx, era necesario tanto el mundo obrero como el mundo burgués.

El capitalismo, por otro lado, nace a priori con una visión del mundo individualista e insolidaria. Obtener cada vez más beneficios y someter la necesaria competencia. Nace dentro de la legitimidad que nos da la libertad. Si soy mejor, si tengo mejores productos, si tengo más capital, debo obtener más beneficios. Además, tiene una raíz protestante como señaló Max Weber. El éxito es la puerta a la salvación, lo contrario es el infierno del ostracismo social.

Las teorías siempre se han considerado como absolutos. Posiblemente porque la gente que se ha dedicado a desarrollarlas se ha preocupado de mostrar sistemas cerrados, de interpretación más o menos precisa. Pero tomar como absoluto una herramienta de conocimiento, como es una teoría, es un terrible error. Nietzsche es un ejemplo de ésto. El filósofo alemán pretendía acabar con la rigidez de la filosofía canónica a martillazos. Tomar sus postulados como absolutos lleva al nihilismo y desesperación que también arrastraron a su autor.

El problema del capitalismo -con todas sus refundaciones- y el social-comunismo es su valoración en absoluto. Y el miedo a probar cosas nuevas. Sólo nos hemos atrevido a parchear nuestros sistemas políticos y económicos, nunca a replantearnos sus estructuras para atacar sus principales problemas. Posiblemente porque nos aterra la posibilidad de que hubiese una forma mejor y no se nos hubiese ocurrido antes.

Todo sistema político, económico o legislativo debe tener en cuenta la necesidad de una convivencia en comunidad. Así, en los clanes tribales de la prehistoria, la familia era el punto de partida para configurar las relaciones sociales. La familia es nuestra primera experiencia de convivencia y es allí donde aprendemos a guiarnos por un mundo en el que no estamos sólos. Los animales, desde mi profundo desconocimiento de biología y zoología, creo que se encuentran en ese mismo estadio.

En la actualidad son los países los que configuran la convivencia entre comunidades. Sí, formamos parte la UE o de la humanidad en términos universales, y también la mayoría de las políticas que nos afectan están enmarcadas dentro del gobierno autonómico, provincial o local. Pero, generalizando, al final son las entidades nacionales las que detentan el poder. Mientras que la estructura familiar tiende a preservarse, las naciones viven las convulsiones de la historia.

El estado ha dejado de representar una garantía absoluta para los ciudadanos. Los intereses que le acechan son tan fuertes que lo desgarran. El interés común no se puede mantener en una sociedad tan global, fragmentada en cientos de minorías. La búsqueda de un paradigma, en esos términos, está avocado al fracaso. Para lograrlo cada vez serán más inútiles las grandes políticas, que quedarán desmontadas bajo los miles de puntos de vista de cada minoría en liza.

Los gobiernos realizan una labor administrativa necesaria, pero están tan sobredimensionados que no pueden representar un paradigma. La familia sigue siendo necesaria como punto de inicio de cada vida humana, pero tampoco sirve de paradigma, ya que en su diversidad está su riqueza. La solución debe encontrarse en un punto intermediario, que sirva de regulador y canalizador de la convivencia.

Posiblemente el mejor punto de partida sería la educación. Por desgracia, creo que es uno de los puntos en los que estamos fracasando desde hace tiempo. No sé bien por qué, pero creo que es debido a la crisis total en la que vivimos. No existe ningún asidero para el educador y los educandos en el que fijar objetivos. La necesidad de un paradigma se hace aquí también necesario y, tal vez, la educación debería quedar en un segundo punto fundamental.

Actual paradigma.

En la búsqueda de ese paradigma, me he dado cuenta de que al final, todos tenemos razón. Hay que buscar un punto de síntesis que consiga realizarnos tanto individual como colectivamente. Un sistema cerrado, pero capaz de convivir en un sistema abierto. Esto es, un paradigma que no sólo resulte ejemplar, sino productivo. Y lo mejor de todo es que no se trata de inventar nada nuevo, porque ha existido siempre.

La empresa ha sido el estandarte del capitalismo y, en su vertiente estatal, del social-comunismo. Un negocio es una fuerza productiva destinada, no sólo a la obtención de beneficios -creencia errónea de nuestros días-, sino que es un vehículo para lograr la autorealización de las personas por medio del trabajo y una fuente de recursos tanto para el individuo como para la sociedad. Hablando claro, una empresa no es para forrarse. Establecer esto como premisa es la equivocación que nos ha llevado a la crisis total que nos asola. Y es algo que posiblemente nos ha acompañado desde hace decadas e, incluso, siglos.

La empresa es una fuente de sinergias que puede fundamentar, ahora más que nunca, el cemento de la convivencia. Pero hace falta un compromiso verdadero. No estoy inventando nada nuevo, porque los teóricos de la empresa saben perfectamente lo que debería ser una. Otra cosa es que a los que tienen el capital les parezca bien. Porque ese compromiso no asegura prosperidad económica ni perpetuidad en el mercado. Se trata tan sólo de una forma de hacer las cosas.

Si Platón existiera en nuestros días posiblemente optaría por abrir una empresa, en vez de intentar instaurar una república platónica en Siracusa. La empresa es el mejor escaparate de valores, mejor que el arte o la cultura. Porque la experiencia estética, pese a encerrar una gran sabiduría, queda en el campo teórico. Hay que ser prácticos en un mundo donde se busca precisamente eso, la utilidad. Una empresa no puede ser una tumba para el talento, debe ser todo lo contrario.
Concepción extendida de lo que es una empresa.

No estoy de acuerdo con los que dicen que una empresa que necesita maltratar al empleado y al cliente para obtener beneficios. Bueno, depende de los beneficios que se consideren oportunos. Precisamente creo que, cuanto más se reducen los beneficios brutos de una empresa, será más competitiva. Cambiar el paradigma de mayor rentabilidad por el de conseguir una buena empresa, llevaría a cambiar la forma de ver el mundo de la gente.

Pero no debemos creer que se trata de conseguir ser ricos. La empresa no puede dormirse y debe atender a las necesidades que surjan en cada momento, sabiendo cambiar. Y si genera necesidades artificiales, no debe ser para lograr beneficios, sino puestos de trabajo. La sinergias generadas crearán una necesidad de mejor formación, la gente querrá trabajar y progresar. Y así, progresaremos todos.

Pero, ¿cómo lo logramos?

*Nota al pie

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