martes, 9 de junio de 2009

Gobernante


El pasado 4 de junio Barack Hussein Obama pronunció un discurso en la Universidad del Cairo. En ese discurso citó el Corán con la autoridad que le da ser descendiente de musulmanes -por parte de su padre keniata-. El gesto, que puede parecer anecdótico o un simple gesto al mundo islámico, es en realidad una traición a uno de los grandes valores de su país: el cristianismo.

El gobernante de una nación no es comprendido como un gestor, con una identidad libre y un sistema propio de valores, actitudes y opiniones. Seguimos encerrados en la mentalidad medieval de que el dirigente es representante de todos los valores de la nación, lo que es un gran problema de legitimación. ¿Son siempre los dirigentes símbolos de los pueblos que rigen? ¿Es necesario?

En Egipto el faraón era un dios, al igual que en Roma o Persia, que representaba su imperio. Todos los pueblos han tenido un caudillo representante de sus valores, pareceres y manías. Al igual que un macho dominante en la naturaleza, jefes de tribu, reyes, emperadores y gobernantes legitimaban su poder en el hecho de ser garantes de esa esencia, encerrada en la sangre. "El primer dirigente era un paradigma de nuestra nación, yo como su hijo, soy parte de ese linaje y también represento este pueblo".

La sangre es traicionera, así que siempre hubo gente dispuesta convertirse en garantes de la nación y deshacerse de aquellos que no cumplían los requisitos "esenciales". La figura del dictador, prohombre dispuesto a salvar a la pequeña humanidad nacional, transformaba la sociedad según su visión, invirtiendo los papeles. El dirigente ya no era símbolo de lo que era el pueblo, más bien al contrario.

Ahora la duda se impone. Decir que Berlusconi es símbolo de la Italia actual no sé si sería un piropo retorcido o una realidad lamentable. Los borbones, venidos de la vecina Francia, tampoco parecen los más indicados para representar la imposible y heterogénea esencia española. Ni nuestro monarca florero ni el resultado de una democracia bipartidista. ¿Unas veces somos un tipo de español y otras veces otro?

El dirigente de un país, según Aristóteles, debe asegurar un buen gobierno. Da igual de dónde sea o cómo sea, lo que debe hacer es procurar hacer lo que "deba hacerse". Reconversión industrial, dejar hundirse a los bancos, subir impuestos o declarar la guerra. El gobernante debe tener criterio, debe saber sobre sus funciones y las demandas del pueblo -siempre que sea oportuno-, y sobre todo, debe de tener el respaldo del pueblo. Puede equivocarse, pero ahí también debe saber rectificar y pasar el testigo. Y es que ser gobernante es muy difícil.

En la actualidad no existe confianza en los políticos, no se atienden a las demandas del pueblo jamás y los gobernantes no saben gobernar. El criterio, y ya lo decía Aristóteles, está pendiente de prometer lo que la gente quiere, no lo que necesita -y encima no cumplirlo-. Es mejor cumplir las promesas a los que financian las campañas electorales. Así tenemos políticos prometiendo pleno empleo desde a las puertas de una crisis global, prometiendo revocar leyes que seguramente no revocarán o pidiendo el fin de la monarquía con cuatro millones de parados.

Es triste comprobar la deriva de los gobiernos del mundo. En Irán se empieza a cuajar una revuelta popular que amenaza con desestabilizar aún más la región tras unas elecciones que muestran la división entre el mundo rural y el urbano, incluso en los países musulmanes más o menos radicales. Y esto justo después que el presidente del país que declaró la guerra al terror en nombre de Dios, coquetée con el Islam.

Deberíamos sorprendernos de que Obama intente gobernar de forma correcta, no del color de su piel. Su discurso no fue algo fácil -piensen en Texas-. Pero tan importante como el gobernante, son los gobernados. Y ahí, hoy, no veo solución.


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